El suelo temblaba en el interior de la caverna. Nueve Ichar se encontraban en su centro, mientras que las Siete Estrellas Gemelas se alineaban sobre el techo descubierto de la caverna.

El cántico que surgía de sus voces unísonas rompía el silencio del hielo que cubría la superficie, y el poder de sus voluntades resquebrajaba los glaciares varios kilómetros más al norte. Los crujidos de esta ruptura se unían a las estrofas del conjuro, y los túneles de hielo que profundizaban en las entrañas del planeta como cicatrices heladas, se llenaron con los versos impíos de estos nueve Arcanos.

Uno de ellos, el más joven de todos, concentrado como estaba en la invocación, apenas podía pensar en el giro que darían sus vidas si triunfaban esa noche sin luna en un remoto rincón del Cosmos.

– Dejad que los Altivos Ichar de las Trece Ciudades luchen por los pedazos de carroña que les dejan los demás, aquí, en esta gruta, se está forjando un poder que destruirá todo lo que han construido, y nos otorgará el derecho a proclamarnos emperadores de todos los Ichar, y amos de todas las razas del universo.

Aquí, y ahora, cambiaremos las reglas del juego.

 

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