Ichar 1.3

Hola, en esta ocasión, os pongo una parte de lo que será el Interludio entre Ichar y Atar. en principio, esto iba a ser el comienzo de la segunda parte de la trilogía Ichar, pero un cambio de enfoque me obliga a dejarlo de lado, así que, en dos partes, os ofrezco estos escritos para que no se pierdan en el olvido. Y para disfrute vuestro, espero.

Prólogo

La puerta de la posada se abrió de un portazo. La mayoría de los presentes en el recóndito puesto de descanso apenas se fijó en la figura que entraba por ella. Iba ataviado con un poncho color arena cuyos orígenes apenas reconocerían media docena de los presentes en el local.

Fuera, la tormenta obligaba a cubrirse a todo aquel que salía al exterior. El desértico planetoide estaba siendo azotado por una ventisca de arena como no se había visto nunca.

El interior de la posada reflejaba muy bien la ubicación elegida para su levantamiento. Las paredes eran de arenisca, al igual que el mobiliario de tallado en al misma roa. Eso le daba un color tierra y un aspecto arcaico para la mayoría de los presentes. Grabados en sus paredes, varis escenas de combate del gremio que la había levantado, mostrando a las legiones de sus patronos en guerra contra varios tipos de criaturas.

Otros símbolos eran más grandes, y su significado se perdía en el tiempo. Eran redondos, semicírculos o círculos concéntricos que se cruzaban con líneas dándole el aspecto de un pictograma arcaico.

El recién llegado caminó por entre las mesas de arenisca atestadas de seres de distintas razas. Había serpians, esclavos darmorian, nuars y algún Ichar bebiendo y comiendo, haciendo un alto en el camino antes de continuar guiando sus caravanas hacia sus destinos entre las estrellas.

Sorteando hábilmente a sus ocupantes, el desconocido pasó entre ellas dirigiéndose al final de la sala. No se quitó la capucha del poncho, y algo de arena caía al suelo con cada movimiento del hombre esquivando a algún sirviente o a alguna criatura que se levantaba bruscamente al reconocerle como humano.

Sin embargo, el extraño no hico caso de las provocaciones y continuó su camino con el rostro envuelto en las sombras de la capucha.

Un pequeño darmorian de mirada asesina se cruzó en su camino, intentando provocarle, sin embargo viendo sus intenciones el hombre giró a su derecha pasando por el otro lado de la mesa. No contento con ello, el darmorian de aspecto demoníaco y alas correosas intentó seguirle, pero cuando vio su destino desistió de ello.

En la mesa a la que se dirigía el hombre se encontraban sentados varios personajes que hicieron dudar incluso al esclavo guerrero.

El más grande de todos era un humano fuerte, moreno y con poco pelo, pero que parecía capaz de pelear incluso con él con las manos desnudas. Más pegado a la pared, un hombre de aspecto jovial hablaba amigablemente con una mujer de vestida con una falta corta de tablas, un peto de cuero negro a medida y unas botas de tiras que le subían casi hasta la rodilla, enmarcando unas piernas musculosas y blancas.

Pero ninguno de ellos, a pesar de las armas que llevaban, habría tenido la capacidad de asustar al darmorian si no fuese por la figura femenina que estaba sentada de espaldas a todos ellos.

Su piel era negra azulada, pero parecía cambiar de color con su estado de ánimo, como los tatuajes que cubrían todo su cuerpo. Su larga melena caía sobre su poderosa espalda desnuda, cubierta apenas por fragmentos de tela del holgado traje que llevaba, dejando ver las innumerables formas que los grabados en su piel marcaban sobre los músculos color ébano.

Era un Ichar.

El extraño llegó a la mesa, y saludó con un leve asentimiento de cabeza, mientras el darmorian volvía a sus pullas y a buscar una víctima con unos amigos menos peligrosos.

Una sirvienta de ojos dorados trajo una bebida a la mesa. El hombre se descubrió la cara, dejando ver un rostro todavía joven, de unos treinta años de edad, mientras se aclaraba la garganta con la bebida.

– ¿Qué has averiguado, Torres? – le interpeló la Ichar, poco amiga de las formalidades, y menos en este grupo.

– Por lo que los comerciantes Serpian dicen, ella podría haber llegado incluso a Vega. Han seguido las señales energéticas que dejó la explosión, y parece que todas las pistas llevan hasta allí.

– Pues entonces iremos a Vega, – terció el grandullón que se encontraba a su izquierda.

– Andreiev tiene razón, Torres – añadió el risueño hombre. – Si hace falta, iremos hasta el mismo infierno.

– Mi hermana está vida, – dijo la mujer del peto de cuero y la falta corta mientras jugaba con una espada de aspecto helenístico. – Vamos a encontrarla.

– No tenéis que venir, ninguno de vosotros, – dijo mirando a la Ichar de su derecha y de aspecto amenazador. – Y tú menos que nadie Sath. Sabemos las responsabilidades que tienes como líder de las legiones de Primarcar.

– Raúl, no me dejarías fuera de este viaje ni por todas las riquezas de las Trece Ciudades. Sabes que nada me impedirá ir con vosotros.

– A ninguno, – dijo su amigo Ricardo, que había partido hacía ya un año con él en la misión que les llevaría a conocer el Imperio de los Ichar, y en su caso, a enamorarse de la mujer a la que estaban buscando. Atar.

– Muy bien, va a ser duro, por lo que Crilian y Sath nos han contado será un viaje mucho más peligroso que el primero que emprendimos, y os recuerdo que alguno no ha sobrevivido para contarlo.

Una cierta tristeza se aposentó sobre la mesa, el recuerdo de los amigos caídos siempre era triste, pero aún lo era más cuando estaba tan reciente.

– Entonces, partiremos mañana, – sentenció, viendo que no podía convencerles del peligro que suponía acompañarle.

– Será un viaje que no olvidaremos – dijo riendo Ricardo Guevara.

– Eso, querido, dalo por seguro – terminó Crilian mientras levantaba la jarra en un silencioso brindis. – Dalo por seguro.

Capítulo Uno

Abraxias esperaba tranquilo parapetado tras las rocas. El fuego de la hoguera se había apagado hacía tiempo. Pero gracias a su control de ese elemento podía mantener las brasas calientes a pesar del frío que hacía en ese planeta.

Entre las rocas de la colina corría un gélido viento del este, que hubiese terminado con la vida de cualquiera. Cualquiera que no estuviese dotado de sus innatos poderes sobre el fuego y el calor. A su lado, mientras vigilaba el horizonte en busca de señales de peligro, dormitaba Lola.

Ella era una humana, raza odiada por la suya, los Ichar desde antes del nacimiento de la civilización. Sin embargo, el se había enamorado de ella en una ciudad de la Tierra, y la había protegido durante la llegada del Gremio Oculto a la ciudad.

Por casualidad, Abraxias se había visto mezclado en una invasión encubierta contra la superficie por parte de miembros de su antiguo gremio, y debido a sus contradictorios sentimientos por ella había luchado contra ellos por defenderla.

Ella era hermosa, de pelo largo, castaño claro, grandes ojos del mismo color, y una silueta delgada, estilizada, pero no débil que le había llamado la atención incluso desde el primer momento.

Sin embargo, lo que había llamado la atención de Abraxias hacia ella no era su físico, tan diferente de los gustos tradicionales de los Ichar, sino lo que podía vislumbrar a través de sus ojos. Ella parecía resistir muy bien el natural sentimiento de admiración y terror que los hombres sentían hacia los Ichar.

Desde el nacimiento de su raza, como en casi todas las criaturas sobre la Tierra, la humanidad llevaba la imprimación genética de terror frente a esta raza. Los reconocían como sus cazadores naturales, y por ello, se veían repelidos y atraídos a la vez por los Ichar.

Pero ella no parecía sentirse afectada por ese sentimiento oculto.

Su pasado, que a él le había costado tanto averiguar, parecía haberla inmunizado contra los vaivenes del corazón, y eso era precisamente lo que le había hecho fijarse en ella primero, y enamorarse después.

Los primeros meses tras la llegada del gremio oculto se habían sucedido de forma vertiginosa entre batalla y batalla. El gremio había intentado tomar secretamente la ciudad natal de Lola, y ambos habían peleado por mantener libre del influjo Ichar dicha ciudad.

Al final, con la ayuda de Primarcar, actual líder de los Ichar, habían conseguido expulsarles, pero se habían visto forzados a huir de la Tierra para intentar escapar a la venganza de los maestros gremiales. Lola se había tomado su forzado exilio bastante bien. Le había acompañado durante sus viajes sin quejarse, casi como si estuviese resignada a que lo que sucediese en su vida no estuviese bajo su control. Y sólo se dejase arrastrar por el destino en espera del siguiente zarandeo de las olas del tiempo.

Al principio, esta actitud había molestado un poco a Abraxias, pues la mezclaba con la ausencia de amor entre ellos. Después, cuando la conoció un poco mejor, y pudo acercarse más a ella, supo que esa actitud era precisamente lo que la permitía seguir entera a pesar de las decepciones y las tragedias que había sufrido durante su corta vida.

– Treinta y pocos años, – pensó – demasiado poco incluso para un humano.

Al pensar esto Abraxias apartó la cabeza del horizonte y la miró. Se encontraba plácidamente dormida, tras la dura jornada de pasión, como si estuviese en paz con el universo, y no le importase lo que la vida les arrojase mañana. Y tal vez así fuese. Ella ya había hecho más de lo que el mundo le pedía, había vivido mucho, y no necesitaba demostrar nada a nadie. Tal vez por eso le acompañaba en su deambular por las estrellas.

Ocasional amante, protector, confidente. Abraxias era todo eso para ella, pero nunca le había dicho te amo, jamás, y empezaba a dudar que lo fuese a hacer alguna vez. Pero no s rendía, la quería, tanto como un Ichar podía hacerlo a una mujer humana, y él empezaba a descubrir que eso era mucho. Más de lo que pensaban los habitantes de las Trece Ciudades Ichar.

Un pequeño ruido le distrajo de sus pensamientos. Parecía como si en la lejanía se hubiese desbordado un río. El rumor era pequeño, pero incluso Lola, acostumbrada a estar alerta, se levantó. Sin decir nada le miró con sus grandes ojos cristalinos y recogió el rifle de plasma que él le había conseguido.

Poco a poco el rumor fue creciendo, como si el río desbordado se estuviese acercando, montaña arriba. En breves segundos Abraxias pudo ver lo que causaba el creciente estruendo. Abajo, en el bosque de plantas arbustivas gigantes, una marea negra comenzó a reptar a toda velocidad hacia ellos. Con su vista, Abraxias pudo ver que se trataba de un enjambre de insectos voraces.

– Deben de haberse despertado ahora, y haber olido las ascuas del fuego – le dijo a Lola, que se encontraba apoyada contra una roca apuntando en dirección de la masa negra.

Abraxias sabía que con su arma ella apenas podía hacer nada, pero no se lo dijo. En lugar de perder el tiempo con palabras, comenzó a concentrase. En segundos, una serie de columnas de humo surgieron del bosque bajo ellos. Más de una veintenas de ellas se convirtieron en hogueras alimentadas por el poder del Ichar, en seguida, el bosque comenzó a arder por lso cuatro costados.

En segundos, el Ichar había creado una barrera que esperaba detuviese a la masa negra que amenazaba con devorarles. Bueno, tal vez a él no. El cuerpo del Ichar pasaría por la tormenta de insectos como si fuesen aire, pero Lola sería devorada en segundos. Y eso es algo que no podía permitir.

El horizonte se había vuelto rojizo, mientras las llamas cobraban más y más altura. Abraxias empujó a las llamas hacia la masa, quemando a millones de insectos, pues no quería permitir que encontrasen un modo de sortear el fuego. Sin embargo, lo encontraron.

Aprovechando la corrientes de aire caliente, y las pequeñas alas que poseían, los insectos se elevaban sobre el fuego eludiendo la barrera protectora. Frustrado, Abraxias aumentó la altitud de las llamas, quemando a más y más enjambres, pero incapaz de terminar con todos. Además, por el oeste, sentía la llegada de más y más colmenas que se quería unir la banquete.

Lola le miró sonriendo. Parecía no percatarse del peligro, o tal vez lo ignoraba conscientemente, confiando en él.

Ese pensamiento le animó a seguir. Debía ganarse el respeto de ella, no había otra forma de conseguir su corazón.

El cielo pareció restallar por un segundo, mientras unas nubes rojas se formaron en las capas altas de la atmósfera. Estaba formadas por gases como el metano, que el Ichar había reunido en grandes cantidades de los gigantescos pantanos situados al norte de la cordillera, el hogar de los insectos.

En otras circunstancias jamás se hubiese atrevido a utilizar su poder en tan grandes cantidades, debido a la debilidad que sabía que le sobrevendría, pero confiaba en que Lola pudiese protegerles a ambos una vez hubiese terminado con esa amenaza.

Una vez más se concentró.

El cielo aumentó las tonalidades rojizas, mientras los gases de la atmósfera circulaban más y más rápidos, aumentando el calor interno de sus moléculas, y produciendo un choque de elementos que daba la apariencia de una tormenta infernal.

En segundos, se produjo un fenómeno que cubrió toda la cordillera.

Primero fueron unas gotas, después, un auténtico diluvio de fuego lo que cayó sobre ellos. La lluvia estaba formada por un material semejante al napalm, que ardía por la fricción con las capas bajas de la atmósfera, produciendo la caída de un infierno de fuego desde el cielo.

En pocos minutos, todos los bosques ardían, mientras los insectos morían abrasados por una lluvia mortífera.

Extraños estruendos tormentosos sonaban en las capas altas, mientras los gases y la electricidad restallaban en el cielo. Pronto, todo hubo pasado. Los restallidos se fueron aplacando, y las gotas de lluvia de fuego dejaron de caer cuando su combustible, y el poder de Abraxias se hubieron agotado.

El Ichar miró hacia abajo. En kilómetros a la redonda todo el antes paradisíaco paisaje estaba convertido en ardientes cenizas, y no quedaba rastro de vida.

Agotado, se dio la vuelta mientras Lola le contemplaba silenciosa. En pocas ocasiones había comtemplado tal despliegue de poder por parte del Ichar, y él pensaba que eso la había asustado.

O tal vez fuese la destrucción que había causado. A veces, cuando estaba con ella, él sentía un cierto reproche por la destrucción de la vida. Ella parecía sentir lástima incluso por los enemigos que abatía, lo cual le desconcertaba.

En todo el universo, sólo podían confiar en ellos mismos. En nadie más. Sin embargo, Lola, a pesar de su aparente desprecio por los sentimientos, intentaba salvaguardar las vidas que podía, mientras que a Abraxias no le importaba quien moría mientras ellos pudiesen seguir vivos, y juntos.

Los ojos color ceniza con motas rojizas del Ichar se volvieron apagados. Poco a poco, la debilidad fue tomando posesión de sus extremidades, y sintió como si todo a su alrededor de apagase. Tal vez en otras circunstancias hubiese negado tal debilidad, luchando por mantener la consciencia, pero Lola ya corría hacia él para recogerle, y él se abandonó en sus brazos.

***

El calor era tremendo, Andreyev se encontraba al mando del arca espacial que llevaba a Raúl Torres y a los suyos hacia Vega. Los primeros días del viaje habían transcurrido en calma. Llevaban ya más de la mitad del camino recorrido, cuando el arcaico transporte Ichar salió en un sistema en el que se encontraban reunidas más de cien ciudades espaciales Nuar.

Ni Crilian ni Sath habían presenciado en ninguno de sus viajes por el cosmos una reunión de ciudades errantes de tal magnitud. Las ciudades nuar surcaban el espacio desde que los Ichar arrasaron su planeta natal, dejándoles libres y privándoles de algo que llamar hogar. De la noche a la mañana se habían convertido en una raza nómada, acostumbrada a surcar las corrientes espaciales y a dejarse llevar huyendo de los Ichar allí donde los espíritus de su raza les llevasen.

A veces las ciudades errantes se unían, formando pequeños enjambres de cinco o seis, pero nunca se había oído hablar de tan gran cantidad de ciudades en un mismo sistema.

– No es bueno, – murmuró Sath, la estratega del grupo –nada bueno. Algo se está preparando, y hemos llegado en el peor momento.

Si la tregua que las razas del cosmos llamaban Pax Ichar hubiese funcionado perfectamente, Torres no se hubiese preocupado. Tras milenios de guerras desgarradoras, el universo podía decir que contaba con una frágil paz. Sin embargo, eso no era así más que sobre le papel.

Las razas del cosmos seguían intentando luchar de forma encubierta por los territorios en disputa, mientras que las legiones Ichar rompían las treguas una y otra vez, anexionándose territorio tras territorio de forma impune.

Los mismos hombres peleaban sin descanso en su propio planeta para intentar someter a sus semejantes. Por lo que Raúl no podía culpar a los nuar por haberles atacado a pesar de que el arca Ichar había lanzado la señal de no agresión.

Los láseres de las ciudades espaciales cayeron sobre los escudos arcanos del arca, destruyendo sus motores de propulsión antes de que Andreyev pudiese realizar otro salto en el espacio.

Cuando salieron al otro lado del portal de salto, la nave estaba demasiado dañada como para volar, y se precipitó hacia el pequeño planeta de superficie verdosa atraído por la gravedad de éste.

Ahora, mientras Sath intentaba utilizar sus poderes para absorber el calor de la reentrada, y Crilian y Serguey Stalian Andreyev intentaban estabilizar la nave, a Raúl torres y a Ricardo Guevara sólo les quedaba esperar sentados como espectadores impotentes.

Una serie de ontinos banzado hicieron que Torres se hiciese cargo de la peligrosidad de la maniobra que intentaban llevar a cabo los dos improvisados pilotos.

Las arcas Ichar llevaban grabado mediante un conjuro arcano el rumbo en su memoria, y realizaban los saltos sin necesidad de piloto. Pero tras el ataque, ellos se habín visto forzados a tomar el mano del navío par aintentar sobrevivir.

No lo estaban haciendo mal, considerando las adversas circunstancias. Sin apenas motores principales, con los escudos dañados y sin sistema de guía. Además, todo sea dicho, los Ichar no eran precisamente conocidos por la precisión de los escasos artefactos que fabrican. La mayoría de los artefactos que formaban parte del arsenal eran rapiñas de otras razas, y los pocos que podían ser manufacturas propias eran poderosas máquinas de guerra de escasa precisión. Excepto algunas honrosas excepciones, toda la fabricación Ichar se empeñaba en hacer las cosas más grandes, duras y poderosas.

Otro banzazo volvió a zarandearle. En el asiento de su derecha, Ricardo parecía estar rezando con los ojos cerrados.

A través de la ventanilla, Raúl pudo ver cómo la capa de nubes altas se evaporaba a medida que bajan a gran velocidad, y cómo se acercaba la tierra a ellos. Era un verde vergel que hubiese admirado si no fuese porque estaba a punto de estrellarse contra él.

Crilian forzó los mandos de la nave un poco más, obligándola a describir un arco que estuvo a punto de destrozar su integridad estructural. Sin embargo, consiguió evitar el choque contra la enorme cordillera que les había salido al paso.

El impacto fue tremendo. Torres se vio lanzado hacia delante, y sólo el cinturón de seguridad que habían instalado antes del viaje le impidió estrellarse contra el panel de control de símbolos arcanos.

La única que no estaba sentada, y por lo tanto sujeta era Sath-Weir. A pesar de encontrase en pie en medio de la nave, el impacto no la inmutó. Parecía como si su voluntad la sujetase a ese lugar, y ni todas las fuerzas del cosmos pudiesen oponerse a su deseo de permanecer ahí.

– ¿Todos bien? – dijo la enorme Ichar una vez se hubo apagado el sonido del impacto.

– Sí, hemos salido con vida, eso ya es algo más de lo que me esperaba – contestó Ricardo con su habitual buen humor. No lo perdía ni en las peores circunstancias.

– Por aquí también, – añadió el ruso, refiriéndose a él y a Crilian, la hermana de la mujer que amaba, y cuya búsqueda les había llevado a esta situación.

La puerta se abrió automáticamente, y por ella llegaron los sonidos crecientes de un bosque que parecía rodearlo todo.

– Tenemos que investigar la zona, realizar las reparaciones necesaria, determinar nuestra posición y ver si alguien en este planeta puede echarnos una mano o suponer una amenaza directa – dijo Sath con voz autoritaria.

Raúl notaba cómo el Ichar que ella llevaba dentro comenzaba a intentar hacerse cargo de la situación, a pesar del creciente respeto que la Ichar sentía por ellos. Sin embargo, una sola mirada de Torres bastó para que se diese cuenta de que quien estaba al mando de la misión era él, y de que no debía comportarse como la líder natural que era. Aquí era uno más del equipo, y sólo actuando como tal podía mantener la esperanza de realizar su misión.

– Muy bien, – dijo él rompiendo la incómoda situación – Serguey, Crilian, revisar la nave a ver qué se pude arreglar. Esta misma noche necesito saber si podemos volver a saltar.

>> Ricardo, crea un perímetro de seguridad. Necesitamos saber si podemos descansar seguor aquí esta noche antes de que Sath y yo volvamos.

Raúl miró a la Ichar que asentía en silencio aprobando sus decisiones. Era bueno contar con alguien tan experimentado como ella en situaciones como ésta.

– Sath y yo subiremos a esa montaña para ver si hay rastro de alguna civilización que pueda ayudarnos. Estaremos de vuelta antes de la caída de la noche, que por la luz del sol debe de ser dentro de unas seis horas.

Todos asintieron y se pusieron a seguir sus órdenes.

Dos horas después, Raúl y la Ichar habían llegado a la cima. En los tramos más difíciles ella le había echo levitar avanzando a una velocidad que les hizo llegar a lo alto de la montaña antes de lo que creían. Durante toda la subida no vieron rastro alguno de que esa zona estuviese habitada, lo cual quedó confirmado cuando alcanzaron el punto más alto de la cordillera.

Cuando se disponían a bajar, Raúl escuchó unos ecos en la lejanía. Parecían disparos de plasma, un eco repetido que venía del norte, por lo que no podían provenir de su campamento base.

Sath miró al hombre y asintió, ambos comenzaron a volar, gracias al poder de ella acercándose a la fuente de los disparos.

Cuando llegaron no encontraron lo que esperan.

En lo alto de un risco, guarecida por unas rocas, una mujer que tenía el pelo recogido con una larga coleta disparaba contra unos enormes seres arácnidos que trepaban montaña arriba en su dirección. En el fondo del abismo, a sus pies, más de una docena de estas criaturas gigantes yacían aplastadas contra las rocas, por lo que Raúl no pudo sino admirarse de la precisión y voluntad de la mujer que defendía su posición.

Sin embargo, las hambrientas criaturas se acercaban más y más, cerrando un cerco que parecían tener muy bien aprendido de otras emboscadas.

Raúl se lanzó en picado contra ellas, derribando a una de su asidero.

Al contacto con la negra coraza de la bestia, sintió una repulsión instintiva. Un olor acre dulzón llegó hasta él. Seguramente se trataba de los jugos gástricos que estaba segregando la cosa para intentar envenenar y digerir a la mujer.

La araña cayó unos cien metros antes de poder fijarse ala pared del cañón, y volver a trepar con ahínco a toda velocidad.

Raúl ascendió gracias al poder de la Ichar que también había llegado al saliente donde peleaba la mujer. Sath había sacado su espada preferida, que siempre iba con ella, y estaba destripando a dos de las enormes bestias. El olor de su sangre amarilla le salpicó en la cara, mientras él se centraba en defender el lado oeste del saliente.

Otra media docena de arañas cayó antes de poder siguiera alcanzar la posición, fruto de la colaboración de torres y la hermosa mujer que peleaba a su lado sin decir nada.

En unos minutos todo hubo terminado.

Lanzando un suspiro de agotamiento, la mujer se arrodilló sobre una pierna, apoyándose en el rifle mientras recobraba el aliento.

Raúl se acercó a ella, y le tendió la mano.

– Casi no llegamos a tiempo – dijo.

Ella no respondió, sólo alzó la mirada, y Raúl pudo ver que poseía unos rasgos hermosos, duros. Como si la mujer hubiese vivido ya mucho, y dos enormes ojos castaños que parecían decir sin hablar que a ella le daba igual lo que él dijese.

Raúl se preguntó qué había vivido esa mujer para, a pesar del cansancio y el miedo, mantener un orgullo como nunca había visto en un ser humano. No era un orgullo vanidoso, sino más bien al contrario. Era como si ella supiese donde estaba, y el resto no tuviese ni idea del terreno que pisaban.

La mujer se irguió, y Raúl pudo ver, a pesar de las ropas holgadas, que poseía una perfecta figura.

– Gracias, – dijo mientras estrechaba la mano del hombre. – No sabía que hubiese seres humanos por aquí.

Cuando se volvió pudo contemplar el enorme cuerpo de ébano de Sath-Weir mientras ésta limpiaba la sangre de su espada con un puñado de tierra. A pesar del miedo que los Ichar seguían inspirando en los hombres, no pareció reaccionar ante su presencia.

– Tranquila chica, soy de los buenos – dijo Sath casi distraídamente. – Has tenido suerte de que llegásemos, o ahora estarías siendo devorada por esas criaturas.

Una sonrisa cruzó su rostro ante las palabras de la Ichar. Era de ese tipod e sonrisas de vileta de todo, como si dijese, “a mí qué me vas a contar”.

– Estoy tranquila, Ichar. Tu raza no es nueva para mí. – dijo la joven, que debía rondar los treinta y cinco años. – Además, creo que esas bestias no venían a por mí, si no a por él – añadió señalando un bulto de ropas escondidos tras las rocas. Al acercarse, los dos pudieron ver a qué se refería ella.

En el suelo, tendido y cubierto por un raído saco de dormir, se encontraba un Ichar. De sus ojos, nariz y boca supuraba un líquido amarillento que ardía al contacto con el aire.

– Una de esas arañas le inyectó veneno antes de que yo pudiese matarla. Nunca le había visto así. Creo que por eso querían devorarle a él, los Ichar debéis ser un manjar para esas cosas.

Mientras decía esto no dejaba de mirar a Sath, casi con irreverencia. Por suerte para ella Sath estaba demasiado impresionada al ver cómo uno de sus hermanos sufría por la picadura de un simple insecto.

– No es normal, a pesar de que es un miembro de la clase baja, – Raúl no se explicaba todavía cómo los Ichar podían distinguir la clase a la que pertenecía uno de ellos de un simple vistazo – ninguna enfermedad debería poder causarle tanto daño. Parece al borde de la muerte. – Sath parecía verdaderamente preocupada – Debemos llevarle al campamento base para curarle.

***

Dos horas después el Ichar, al que la mujer se refería como Abraxias, descansaba en el interior de la nave. Stah le había intentado extraer el veneno, pero le había resultado imposible. La sangre de él parecía arder con el aire, sellando las heridas que le realizaba su compañera para drenarle.

– Dejadle, – había dicho la mujer llamada Lola – es un luchando, terminará por derrotar a la enfermedad.

Fue Crilian quien halló una posible explicación al estado de Abraxias.

– Me temo que esto no es una enfermedad como tal – dijo. Abraxias se está enfrentando a una invasión a gran escala de su sistema. Por lo que hemos podido determinar en estas cuatro horas, todo el planeta vive en una simbiosis perfecta. En realidad, todo este planeta es un gigantesco ser vivo multicelular.

– Diablos – murmuró Serguey.

– Sí, – sonrió Crilian. Debido a sus poderes como descendiente de Primarcar y de Eva, la Primera Mujer, ella podía sentirse mucho más segura, aunque visto lo visto, nadie podía sentirse seguro allí.

>> El caso es que esas arañas no le inyectaron veneno, sino una enzima colonizadora que se está extendiendo por sus sistema, intentando sortear las formidables defensas del Ichar.

– Claro, – continuó Sath – por lo que has contado, Abraxias estaba muy débil, y su cuerpo está intentando reaccionar quemando a las esporas invasoras, de forma similar a como lo haría un ser humano con fiebre.

– Entonces, – habló por primera vez Lola en toda la discusión – este planeta intenta devorar a Abraxias para someterlo a su simbiosis. Por eso le atacaron a él primero, este planeta debe querer saber qué clase de criatura es un ser tan poderoso.

– Sí, y me temo que estamos en peligro – interrumpió Torres. –Si el plantea quiere a un Ichar, imaginad lo que hará por dos, bueno, tres – añadió mirando a Crilian.

– Soy tan humana como tú, Raúl – dijo ésta.

– Lo sé, pero el planeta no, ahora mismo debe de estar sintiendo el poder que corre por tu sangre, estará ansioso por probarlo.

– Tú también has tenido un enorme poder, hasta… – Crilian enmudeció. Sabía que había sacado un tema incómodo. El día que Raúl utilizó sus poderes latentes para detener la invasión de la Tierra por fuerzas hostiles, el mismo día que perdió a su hermana, y él a su amada Atar.

– Sí, pero ya no los tengo, – continuó el hombre como si no fuese con él la cosa. – Debemos prepararnos, va a ser una larga noche. – Miró a su alrededor – Serguey, arregla esta nave. Abraxias se quedará dentro. Ricardo, te quedarás en la puerta vigilando la entrada, estate atento al menor signo de vida.

>> El resto estableceremos un perímetro de seguridad hasta que arreglemos la nave, debemos vigilar cada cosa que se acerque. Lola, tú puedes quedarte dentro y cuidar de tu hombre.

La mujer pareció endurecer su rostro.

– No es mi hombre – dijo de forma seca – y creo que le ayudaré mejor ahí fuera – añadió mientras cogía el gastado rifle de plasma y salía por la puerta, seguida de Sath – Weir y de Ricardo.

– Vaya temperamento, – sonrió Crilian mientras cogía la espada corta con la que siempre luchaba. – Espero que no te enamores de ella y dejes a mi hermana pudrirse en algún lugar del cosmos, – bromeó.

Mientras salía por la puerta de embarque, su falta corta al estilo griego se agitaba por el viento que comenzaba a soplar fuera. Raúl estaba más preocupado por cómo sobrevivir a esta noche que por el carácter de la mujer.

***

Una hora después las cosas no podían estar peor. Minutos después de que se levantase el viento, allí donde el día anterior sólo había un bosque de cenizas, y ahora se levantaba un jardín paradisíaco de muerte, los compañeros luchaban por sus vidas.

Cientos y cientos de criaturas gigantes se habían lanzado contra ellos. Algunas de ellas, suponían una amenaza incluso para Sath, pues llegaban babeando encimas contaminadas. La feroz Ichar las recibió con los brazos abiertos, cercenando sus cabezas antes de que ningún líquido pudiese siquiera tocarla.

Ahora, mientras que el combate se recrudecía, la hermosa figura guerrera de la Ichar danzada una danza de muerte entre docenas de criaturas cuya vida segaba como la muerte encarnada. Su cuerpo negro ébano pasaba por entre ellas matando y cortando, y pocas pudieron siguiera acercarse lo suficiente como para rozarla.

Por su parte, Raúl y el resto de los humanos, Lola y Ricardo, se habían parapetado tras un grupo de piezas sobrantes de la nave, y disparaban a diestro y siniestro contra todas las criaturas que entraban en el claro, grandes y pequeñas. Los flancos estaban cubiertos.

En la retaguardia, Crilian utilizaba sus poderes sobre los elementos para matar a las criaturas que se aproximaban, y las que sobrepasaban se encontraban con su feroz espada corta, Atenea.

Pero cada vez llegaban más y más criaturas, más grandes y rápidas, como si evolucionasen para adaptarse a las tácticas y poderes de los intrusos. Ahora el perímetro se había reducido a una cuarta parte, y todos peleaban por sus vidas.

El ruido de dos árboles al caer sobresaltó a Raúl. Aplastándolos a su paso, un enorme insecto de aspecto semejante a una mezcla entre cochinilla y escorpión se acercó. Tras él, venía otro más grande, que medía casi cincuenta metro de altura.

Sath y Crilian entraron en acción. Encargándose cada una de uno, la tierra y el cielo cayeron sobre las criaturas, aplastándolas a pesar de su tamaño.

Pero no pudieron cantar victoria. Tras ellas venían más gigantes, esta vez media docena, y a lo lejos, los ruidos que surgían del planeta, parecían indicar que el organismo que ostentaba el dominio sobre este ecosistema estaba preparando algo mucho más amenazador.

Por suerte, el rugido del motor de la nave vino a evitarles un montón de problemas.

En segundos, todos ellos estaban a bordo, protegidos por un escudo místico que Sath había alzado temporalmente. Fuera, la miríada de seres se agolpaba contra la barrera cubriéndola como un ataúd viviente.

La fuerza de la nave logró liberarlos de la prisión, pero mientras se alegaban sintieron una sacudida. Al mirar por los ventanales delanteros, pudieron ver cómo los mismos árboles se alzaban contra ellos, agarrando a sus presas, e intentando evitar que escapasen.

Sath lanzó un relámpago tras otro contra ellas, mientras Crilian llamaba a los vientos para que les empujasen hacia arriba. Ambas estaban agotadas, pero lograron su objetivo. La nave se alzó libre sobre la masa forestal que se estiraba para aferrarles como si tuviese inteligencia propia.

Al mirar el panorama Raúl pudo darse cuenta de lo cerca que habían estado. A uno par de kilómetros, unos insectos acorazados se acercaban pesadamente. Debían medir casi un kilómetro de largo, y doscientos metros de alto. Venían más de veinte.

Sin embargo, el planeta viviente no estaba dispuesto a dejar escapar a sus jugosas presas. De las montañas surgió una nueva amenaza. Una nube de veloces criaturas voladoras que se lanzó en su persecución, a cortando la distancia de forma increíble.

En unos segundos les envolverían, haciéndoles caer a tierra, donde les esperaba la masa viviente.

Cuando las criaturas se encontraban a seiscientos metros, sin embargo, la mayoría de ellas pareció flaquear. Al principio Torres pensó que se habían quedado sin fuerzas, pero a medida que caían a tierra parecían arder.

Al mirar atrás, a la compuerta que daba a la improvisada enfermería, pudieron ver a Abraxias en pie. Todavía tenía colgando el vendaje provisional que le habían colocado, y sus ojos parecían arder con un color rojo fuego.

– Planeta – habló el Ichar. Pero lo hizo más para el mismo mundo que le había atacado que para ellos. – Te has atrevido a amenazarme, a mí y a la mujer que amo. Ahora debes padecer por ello.

Lola le miró en una silenciosa súplica que sabía que no iba a servir de nada.

Alrededor de la nave se formaron una serie de lanzas de fuego. Cada una de ellas parecía estar formada por el mismo plasma de las estrellas, probablemente así fuese.

Con n rugido, las lanzas cayeron hacia el planeta, impactando sobre el mortal vergel. El impacto se oyó incluso a esa distancia. Enormes cráteres de más de cien metros de profundidad hirieron la tierra, salpicando de roca fundida los alrededores, y propagando un fuego que se extendió por toda la superficie del planeta en segundos.

Todo parecía arder.

– Nadie ataca a la mujer que amo – dijo Abraxias a modo de advertencia para el cosmos. Y dicho esto, se desmayó.

Capítulo Dos

La mujer estaba despaldas, pero Raúl reconoció su figura a pesar de las penumbras que oscurecían la habitación.

Aunque no la veía desde hacía un año, podía reconocer cada curva de su cuerpo y cada rasgo de su piel como si la hubiese contemplado hacía unos minutos.

La habitación tenía una cama de colcha azulada, y un gran ventanal con cortinajes del mismo color. En el alfeizar de la ventana, donde estaba apoyada ella, había también unas plantas que Raúl no reconocía.

En el centro de la habitación flotaba una lámpara arcana, que proyectaba una tenue luz sobre el centro de la habitación, pero que no llegaba a iluminar los extremos en los que se encontraban.

Ella se volvió, entrando en la zona de luz, y sus ojos volvieron a encontrar tras tanto tiempo. Un suspiro se escapó del pecho de él al contemplar su bronceado cuerpo cuando se acercó a la luz.

El silencio con que le recibía no hacía sino aumentar la sensación de deseo que Raúl comenzaba a recordar. Sin embargo, Atar no decía nada. Cuando él dio un paso hacia ella, entrando a su vez en la zona de luz de la lámpara mística, una sonrisa se escapó de sus rosados labios.

– Raúl, han cambiado muchas cosas – dijo con esa voz suya que le hacía estremecer de pasión. – La situación entre nosotros ya no es como lo era antes, hace un año.

– Atar…Gema – dijo utilizando su nombre humano – te he amado todo este tiempo, y sigo haciéndolo con una fuerza que no te puedes imaginar. Cada día mi amor crecía en mi pecho, ocupando el vacío que dejó tu presencia.

– Lo sé, al principio, para mí también fue así. Vagué por el cosmos intentando regresar a tu lado, amor mío, pero a los pocos meses comprendí la verdad. Que todo el amor que te profesé, que todavía siento hacia a ti, no es nada comparado con la pasión que siento por él.

Mientras decía esto, Atar señaló la habitación contigua, cuyas puertas acababan de abrirse de par en par, pero sin emitir ni un solo sonido. Por ellas, entraba un hombre alto, fornido pero esbelto, de pelo negro de corte militar y rasgos ligeramente latinos, ojos almendrados, y una perilla que le enmarcba la cara, endureciendo sus rasgos y si mirada.

– Hola, Raúl, mi amada me ha hablado mucho de ti – el hombre caminó hasta ocupar un puesto al lado de Atar, quien se abrazó a él tras besarle apasionadamente en la mejilla.

>> Como puedes ver, todo este viaje ha sido en vano, ella quiere estar a mi lado, y no regresará contigo porque en mis brazos ha encontrado lo que en ti no pudo hallar, la voluntad de prevalecer sobre el destino, la ambición de poder mezclada con la pasión de un fuego interior que debería arder en todo hombre.

La luz, a medida que el hombre hablaba, se iba volviendo más y más clara, iluminándolo todo con reflejos azules. El hombre sonreía mientras Atar se desnudaba frente a ellos, dispuesta a entregarse a un desconocido, dejando caer al suelo de mármol el camisón bordado que llevaba.

Cuando el hombre de pelo negro se giró para volver a besarla mientras reía, Torres sintió como su vista se nublaba y todo se volvía rojo.

Entonces despertó.

Hacía tiempo que había aprendido que sus sueños siempre tenían un significado oculto en su interior. Si éste era que ella le había dejado de amar, o que tal vez él se sentía incapaz de reclamar su amor ahora que había perdido toda posibilidad de igualar el poder de ella, eso no lo sabía.

En palabras de Sath-Weir, Raúl se había quemado al utilizar su poder de forma masiva en la Batalla de Nueva Atlantis.

Raúl se levantó del duro jergón en el que descansaba cuando se lo permitían sus obligaciones como capitán al mando de la expedición. Se acercó al espejo de cristales labrados y se miró en él. Contempló su rostro cansado, su mirada agotada que sólo deseaba descansar, pero que sabía que jamás lo lograría si no terminaba lo que se había empezado hacía muchos miles años en la Tierra. Para que él pudiese ser feliz debía reinar la paz entre la raza de los Ichar y la Humanidad.

Alejó estos pensamientos de su mente, y tras vestirse de forma apresurada salió por la puerta del improvisado camarote y se dirigió al pequeño puente de mando donde se encontraba de guardia Sath-Weir.

La Ichar estaba sentada sobre el sillón del piloto, con las piernas levantadas y apoyadas sobre la consola de mando de símbolos que Torres no entendía.

– ¿No puedes dormir Raúl? – Preguntó ella sin volverse.

Las luces del puente estaban bajas, pues había llegado a la conclusión de que todos se sentían más seguros si viajaban con poca luz que diese al exterior. No era que ninguna otra nave estuviese ahí fuera, y su tripulación mirando por las ventanillas, pero en palabras de Sath, nunca se sabía qué criaturas habitaban las profundidades siderales.

“El espacio oscuro es como las profundidades abisales, donde las criaturas atacan a aquellos que llama la atención sobre la oscuridad dominante” – había dicho ella, así que decidieron mantener las señales luminosas y las luces del puente todo lo bajas que pudiesen. A todos los efectos, el arca se deslizaba silenciosa e invisible para un ojo no avisado.

– No, sigo teniendo pesadillas – contestó él a la pregunta de la mujer. – ¿dónde estamos? – intentó cambiar de tema.

– En el espacio profundo, donde no hay estrellas.

Raúl miró hacia fuera, y la vista que contempló fue impresionante. Ajo él, una docena de galaxias se le aparecía como si de una piscina de luces se tratase. Miles de millones de estrellas formaban un mando de luces como no había imaginado nunca.

– Son las Playas de Irriam. Hace millones de años, cuando yo era joven, esas galaxias colisionaron entre si. Las fuerzas gravitatorias hicieron que sus estrellas perdiesen el rumbo que tenían, y sus formas se desparramaron como un mando que cubría el cielo. Desde la Tierra no se pueden ver, pero los Ichar las conocemos e nuestros viajes de conquista.

Raúl nunca había visto nada tan hermoso.

– Pero mi vista preferida esta noche es aquella – señaló hacia arriba con uno de sus estilizados, musculosos y perfectos brazos de piel de ébano. Los tatuajes de la Ichar, que normalmente danzaban en color y forma según las emociones de su portadora, estaban inusitadamente tranquilos. – Los Ichar lo llamamos, el anillo de Viendra.

Los ojos oscuros de Sath brillaban por el efecto de las mil estrellas de la noche espacial, y le daban un aspecto más humano, menos amenazador.

– Viendra fue una de las Ichar predilectas del mayor enemigo de los Seis Primeros, los creadores de los Ichar, Mordan. Mordan es la leyenda más oscura de nuestra historia secreta, tanto, como puede serlo Hitler de la vuestra.

>> Hace millones e años, antes incluso de que apareciesen los dinosaurios, Mordan reunió a un increíblemente poderosos ejército de Ichar y bestias con el que retó a uno de los Seis Primeros, hermano de Primarcar. El nombre de este Ichar era Nardish, el dios de la guerra Ichar.

Sath se irguió estirando su espalda, que torres pudo comprobar era tan perfecta como el resto de su cuerpo.

– Nadie se podía imaginar que un segundón iba a poder derrotar a Nardish, pero así fue. Campaña tras campaña, Mordan acorraló a las huestes guerreras de éste, quien tuvo que recurrir a la ayuda de Lilith y Primarcar para poder prevalecer. Al final, Mordan fue exiliado, que no destruido, y se llevó con él a una de las hijas Ichar de Primarcar y Lilith.

– Viendra, – se adelantó Torres.

– Así es. Ella se había enamorado del poder de Mordan, de su oscuro influjo, y se escapó con él hacia algún lugar del cosmos. Se dice que algún día Mordan regresará con una fuerza que nadie podrá detener, y reinará sobre los Ichar allí donde los Seis Primeros no pudieron.

– Me cuesta creer que haya nadie que pueda oponerse a la fuerza de los seis Primeros.

– Raúl, no conoces su maldad. Créeme que te digo que ni el propio Sibilian en sus peores tiempos podía rivalizar con él en maldad y crueldad.

– ¿Ni siquiera Litharian? – preguntó Raúl, acordándose de otro de los hermanos de Primacar, que durante la Batalla de Nueva Atlantis había estado a punto de sumergir el mundo en una marea de oscuridad mortal.

– Eso es harina de otro costal. Litharian estaba completamente loco, desquiciado por el poder. Mordan, al igual que el perdido Nardish, eran calculadores como pocas criaturas que viven eones podían serlo. Jugaban sus partidas de conquista en tantos niveles que ni siquiera yo puedo comprenderlos perfectamente todos.

>> En nuestras academias e guerra se estudian sus maniobras sistematizadas, y ni los mejores maestros logran entender ni la mitad de los movimientos. Y Mordan era el mejor.

– Lo pintas como si fuese el mismo diablo, como si le tuviese miedo, ¡tú!

– Loco está aquel que no tiene miedo al regreso de Mordan, – citó ella una canción de su pueblo. – Pero dejemos de hablar de cosas tan tenebrosas, Raúl, y hablemos de ti.

– ¿De mí? – Raúl se puso a la defensiva temiendo que ella sacase el tema de sus sueños.

– Claro, Raúl, he visto cómo miras a Lola. Ella es hermosa, más que muchas mujeres de tu raza.

– Ella no significa nada para mí, sabes que yo amo a Atar.

– Claro, Raúl, pero eso no significa que no puedas desear a otras mujeres. – La Ichar se puso en pie, dejando ver su piel escasamente cubierta por el ligero vestido de gasas. Un atuendo que no estaba habituada a ponerse, pero que contrastaba con su tersa piel oscura.

– Lo importante es el amor, Sath, – Lola ya tiene pareja.

– ¿Te refieres a Abraxias? Eso quisiese él, ha descubierto lo que los Renegados sabemos desde hace tiempo. Las pasiones que los humanos levantáis en nuestros apolillados corazones.

Sath se acercaba cada vez más, su forma de hablar era baja, sinuosa, arrastrando las palabras de forma seductora.

– El que ames a una mujer no significa que no puedas disfrutar de la compañía de otra.

Ella se le acercó más, susurrándole casi al oído. – Seguro que nos has escuchado a Ricardo y a mí en nuestros camarotes, mientras nos conocíamos mejor. Los guerreros debemos conocernos, Raúl. – Tras decir esto, sus oscuros labios se posaron sobre los suyos, besándoles con una pasión que le hizo estremecerse. A través de su piel, él pudo sentir el poder que latía en el corazón de la Ichar, y sus grandes pasiones.

Sin embargo, él se apartó.

– Lo siento mucho, Sath, sé que tu lo ves algo normal, y que en tu raza, e incluso en la mía, esto es algo habitual, pero en mi corazón yo pertenezco a una persona.

– La pequeña Atar – los ojos de la Ichar no brillaban enfadados, sino que más bien relucían con una serena comprensión – ella tiene suerte, Raúl. Y tú, de amar así. Perdona si te he molestado, pero me ha gustado mucho el beso – terminó con una sonrisa. – Si alguna vez quieres compartir parte de esos sentimientos conmigo, te estaré esperando.

Y tras decir esto, volvió a sentarse en el sillón como si nada hubiese pasado.

***

Arcratar, el nihilian había llegado a Zaragoza intentando cazar a Abraxias, su hermano de gremio renegado. Pero antes de poder llegar a capturarle, el maldito bastardo se escapó de nuevo de sus perseguidores, yéndose hacia las estrellas.

Ahora intentaba recuperar la pista con ayuda de uno de sus hermanos Ichar, un poderoso miembro de la clase baja especializado en cazar bestias de guerra y esclavos liberos.

Estigmis, su amante y compañera en la misión, había partido por un portal siguiendo una pista, pero él se había quedado en al Ciudad intentando recabar más información, mientras asentaba el dominio del gremio oculto sobre la ciudad. Primarcar y Abraxias habían creído que les habían expulsado, pero su gremio era experto en crear cortinas de humo con las que enmascarar sus intenciones.

Arcratar echaba de menos el calor de la mujer, pero se consolaba asesinando a los hombres y mujeres que osaban cruzarse en su camino en las noches que salía de caza.

Esa noche, los dos Ichar y una docena e esclavos darmorian de formas demoníacas había salido para intentar encontrar una pista de Abraxias, y a la vez destrozar a uno de los rivales de los Ichar en el control de la noche. Un hombre llamado Ajenjo.

Según las leyendas humanas Ajenjo era la estrella del Apocalipsis, el fin de la vida en la Tierra. A Arcratar no le extrañaba que un hombre así gobernase sobre las los gremios criminales del submundo humano. Bandas lo llamaban ellos.

Lo curioso, era que se decía que éste era hermano del hombre más respetado de la tierra, Carlos Nova, dirigente de las fuerzas globales de la humanidad, el hombre que había logrado coordinar una cierta resistencia para sobrevivir hasta que se declaró la Pax Ichar.

Carlos habría cambiado su nombre, avergonzado por la ocupación de su hermano.

Hoy, él estaba allí para terminar con la leyenda de ese oscuro enemigo humano.

Cuando llegó a los barrios bajos de la ciudad, al otro lado del río siguiendo su cauce corriente arriba, los dos Ichar inspeccionaron el terreno. No es que tuviesen miedo, pero al estar en los dominios de un enemigo debían guardar todas las precauciones posibles. A pesar del desprecio que sentían por los inferiores.

Sin embargo, nunca se sabía quien podía estar detrás de una marioneta humana. En estos tiempos demasiados Ichar, afiliados a alguna Casa o Gremio, o exiliados, intentaban labrarse un reino en la superficie de forma encubierta, antes de que los demás Ichar volviesen su atención a ese lugar.

– No más Ichar ni bestias que nosotros aquí – sentenció su compañero que había realizado un barrido de la zona. – Podemos proceder.

– Entonces adelante, – ordenó Arcratar a los darmorian, que se desplegaron por las callejuelas chillando de placer y locura.

Sin embargo, los gritos de la jauría se volvieron de pronto chillidos de dolor y terror. Pero no sólo afectó a los esclavos.

Todo alrededor de los Ichar se volvió traslúcido, como si una película de agua y vapor de cristal hubiesen envuelto la ciudad. El aire comenzó a condensarse en las desiertas calles adyacentes, y los Ichar sintieron cómo millones de cuchillas intentaban penetrar sus pieles irrompibles.

Riendo por los inútiles esfuerzos de sus presas, ambos avanzaron por las calles en busca de quien hubiese creado ese efecto. Lo encontraron fácilmente.

En medio de la acera, un hombre vestido con harapos esperaba en pie su llegada. Ni su rostro ni ninguna parte de su cuerpo estaban expuestas a ser vistas, por lo que los Ichar no pudieron determinar su especie.

– Vaya, mira quien va a morir de una forma dolorosa en pago por nuestros esclavos – dijo el Ichar – te vamos a caz…

Arcratar no pudo terminar la frase. Un ligero comezón empezó a rondar su piel. El picor fue creciendo en intensidad, y él pudo ver que a su compañero le ocurría lo mismo.

A medida que el dolor crecía, su piel comenzó a volverse rojiza, como si estuviese sangrando por mil heridas minúsculas e invisibles. Abiertas por cuchillos irrompibles pequeños como átomos.

El dolor aumentó más, sin que el hombre frente a ellos hiciese ningún signo de sufrir el mismo dolor.

Poco a poco, las heridas se fueron abriendo, multiplicando el dolor de la pareja de Ichar, y haciendo que los dos cayesen al suelo entre gritos.

Los gritos resonaron durante unos minutos por las calles, sin que nadie se asomase para ver qué pasaba. Poco después, de esta escena sólo quedaban dos charcos de sangre roja en el suelo, y el extraño había desaparecido.

Capítulo Tres – Corazones de Hielo

Días después llegaron a su siguiente punto de salto. Los motores arcanos de la nave estaban muy desgastados por todos los encuentros que habían tenido que soportar, por lo que requerían que un Maestro Arcano recargase sus baterías.

– Aquí no va a ser fácil – dijo Crilian cuando se enteró de la situación. El Gremio Arcano es uno de los que se oponen más directamente y de forma más hostil a los planes de mi padre Primarcar.

– Así es, y la cosa empeora – añadió Sath ante la mirada de preocupación de Raúl – los únicos arcanos que se hallan cerca de nuestro camino se encuentran en un lugar muy, muy especial, el Palacio de Hielo.

– ¿Qué es eso? – preguntó Ricardo – ¿un planeta?

– Más o menos. El Palacio de Hielo es el nombre de un planeta perdido, una de las marcas más pobres que conquistaron los Ichar en la época del Éxodo. Sin embargo, ahora es famoso, y de ahí recibe el nombre, por ser el hogar de Lord Crioterm, uno antiguo Ichar, antiguo de Verdad, más que yo – dijo Sath.

– Es más, Crioterm es el arquitecto de Nueva Atlantis, trabajó con mi padre para edificar nuestro hogar bajo los hielos –añadió Crilian. – De hecho, tal fue la magnificencia de su obre, que abandonó el planeta en busca de un sitio en el que superarla, pues sabía que ninguna obra sobre la Tierra podría superar la belleza serena y radiante de nuestra ciudad.

– Entonces es fácil, – terció Andreyev, que había permanecido en silencio hasta el momento. – Crioterm es un aliado, nos recargará los motores.

– No, no es tan fácil, amigo gigante – la voz de Crilian sonaba preocupada. – el Gremio de Arcanos tiene una fuerte presencia en el planeta, de hecho, gracias a ellos el Palacio de Hielo está siendo construido mucho más rápido y mejor. Son ellos los que tienen que recargar las baterías, y suelen ser bastante independientes. Además, tras tantos años puede que Crioterm se haya dejado influir por esos taimados seres de grandes poderes.

– Esperemos que no, Crilian, porque tenemos que saltar ya. Una nave ha entrado en el espacio de este sistema y no parece tener buenas intenciones. Parece haber estado siguiéndonos, pero si saltamos ahora podremos despistarla hasta que recargue sus baterías.

Todos miraron a Torres, quien tenía que tomar la decisión en última instancia.

– Bueno, espero que os guste el frío, porque vamos a hacer una visita al Palacio de Hielo.

***

Una hora después todos contemplaban el planeta helado desde el ventanal de popa. Frente a ellos, una inmensa bola de hielo blanco y azul lucía como una perla en la oscuridad.

Las nubes tenían un aspecto hermoso, y parecían cubrir todo el planeta, pero allí donde dejaban ver la fría corteza del mismo, una capa blanco-azulada parecía cubrir toda la superficie.

Sin embargo, lo más impactante pudieron verlo al acercarse.

– Lord Crioterm ha iniciado una colosal obra, la más grande de su larga historia. Desea convertir este planeta en un monumento a su genio helado. Está edificando miles y miles de palacios, monumentos, estatuas, y todo tipo de edificaciones de hielo y cristal – les explicó Sath.

>> Al parecer, la más grande de ellas es un proyecto para construir una enorme muralla de hielo sobre los meridianos y paralelos, como si fuese una red que cubriese todo el planeta. Ha edificado enormes murallas y torres de formas imposibles sobre las líneas imaginarias del planeta.

Raúl y el resto de los compañeros se imaginaban la magnificencia de la colosal obra, pues habían visto los muros y palacios de Nueva Atlantis, y sabían a qué se referían sus compañeras.

– De hecho, – continuó la Ichar, – ese es uno de los motivos por los que los Arcanos se han interesado tanto en el proyecto. Utilizando estas líneas geotécnicas artificiales como canalizadores de la energía del sistema, podrán acumular tales cantidades de energías arcanas como jamás se hayan visto en el cosmos.

– Mi padre Primarcar – dijo crilian – ha ofrecido a Crioter un pacto si impide que los Arcanos se hagan con ese poder, le ha tentado con una obra aún más grande. Todavía no ha recibido respuesta de su antiguo aliado.

Los compañeros miraron hacia abajo, y la vista era impresionante. El planeta al completo, visto de cerca, parecía una bola del mundo de hielo, en la que los meridianos y paralelos habían sido sustituidos por líneas de cristal labrado que recorrían geométricamente de norte a sur y de este a oeste toda su circunferencia.

En ambos polos, sobrepasando el nivel de las nubes, dos enormes construcciones, semejantes a ciudades cuyos enormes torreones se elevaban al cielo, brillaban con los rayos del lejano sol. Crilian enfiló la nave hacia el polo Norte, el Cenit del planeta.

Al poco tiempo aterrizaron en una plataforma de hielo que se elevaba más de tres kilómetros sobre un pedestal del mismo material. Los compañeros fueron conducidos por sus anfitriones, una raza humanoide de piel pálida a unos ascensores de cristal que descendían hasta el nivel de la ciudad, bajo las nubes más altas.

Las vistas eran increíbles. Toda la ciudad, enormes rascacielos de kilómetros de alto, cúpulas que abarcaban tanto como varias ciudades humanas, calles lisas como el mercurio, todo estaba construido en un único material, el hielo.

La ciudad parecía estar bastante desabitada. Dado su tamaño a Raúl no le extrañó, en ese único palacio del norte podrían vivir veinte o más millones de humanos y seguiría pareciendo un ataúd fantasma de frío.

Cuando se abrieron las puertas transparentes del ascensor vino a recibirles una mujer ataviada con atuendos Ichar, aunque pertenecía a la misma raza de ojos claros y piel azul que sus compañeros de lo alto de la torre.

– Bienvenidos, nobles Ichar y acompañantes. – Su voz era suave y tranquila y parecía dirigirse principalmente a Sath-Weir y a Abraxias – Lord Crioterm les recibirá inmediatamente. No muy a menudo se tiene el honor de recibir aquí a tan valiosos aliados.

La mujer delgada les acompañó por pasillos de hielo, hasta una enorme sala de unos cincuenta metros de alto. Al final de la sala unas puertas se elevaban casi la misma altura, y en ella estaban grabados una serie de retablos inmortalizados en frío sobre lo que parecían las principales obras de Lord Crionax.

Al llegar a ellas, las dos puertas se abrieron, y los compañeros pasaron al interior de la nueva sala precedidos por Sath y Abraxias. Lola cerraba la comitiva junto con Torres, preparados para una traición.

En medio de la sala había una serie de hileras de columnas de hielo, que parecían salir perpendiculares a la pared de la puerta por la que habían entrado, y recorren en paralelo los más de dos kilómetros que parecía tener de profundidad la sala.

Los amigos iniciaron su avance entre las columnas, siguiendo en línea recta hacia el fondo de la sala.

– Raúl, – se volvió Ricardo – mira las columnas, es increíble.

Era cierto. Torres se fijó en el interior de las enormes columnas de hielo, y en su interior, inmortalizados para toda la eternidad, conservados para siempre, pudo ver los cuerpos de criaturas atrapados en ellas.

Crilian susurró algo intentando acaban con el desconcierto, esperando que Crioterm no lo hubiese notado. – Son razas extintas, conservadas por Lord Crioterm par que la gloria de sus civilizaciones no se pierda completamente. Son las víctimas de los Ichar.

Un poco más tranquilo, Ricardo siguió caminando, pero a Torres le quedaba la duda de si ese no sería el destino final de todos ellos. Al poco, llegaron a una zona donde se terminaban las columnas de hielo, y se abría una especie de espacio abierto, como un claro n un boque, que daba a la pared del fondo de la habitación. En ella, en sus más de cincuenta metros de alto y tres kilómetros de largo, Torres pudo ver grabados de hielo semejantes a los que habían contemplado en la puerta.

– Este Ichar es un megalómano, – pensó esperando que Lord Crioterm no pudiese leer sus mentes.

– En el centro exacto del muro, en un gran trono de hielo, esperaba el Ichar más grande que habían contemplado jamás. Su piel era azul marino, y poseía una salvaje melena dorada y una barba larga del mismo color. Sus ojos, sin embargo, eran de color blanco cristalino, y Raúl tuvo la impresión de estar mirando a un glacial cuando éstos se encontraron con los suyos.

Al llegar al pie del trono, Sath se puso rodilla en tierra seguida del resto de sus compañeros y saludó.

– Venganza, Noble Crioterm, Lord de Hielo. Venimos a presentar nuestros respetos y tu permiso para continuar el viaje que hemos emprendido.

Sath se quedó callada, en espera de una respuesta que no se hizo esperar.

– Venganza, Noble Sath, cuan pronto olvidáis que somos camaradas de armas, visiones y de pasiones. Juntos hemos edificado el futuro del Ichar, con sangre, fuego y hielo. Dejemos pues entre nosotros las formalidades, y levantaos todos. Aquí, sois bienvenidos.

Tras decir esto, Crioterm se levantó del trono y bajó los cinco escalones que descendían hasta el suelo. Al llegar frente a ellos todos pudieron ver la envergadura del gigante. Medía más de cuatro metros de alto, y sus músculos parecían capaces de pulverizar el acero sin recurrir a ningún poder de los Ichar.

Sath se adelantó y alargó un brazo que el gigante estrechó con delicadeza.

– ¿Qué os trae por aquí realmente? No creo que después de tanto tiempo hayáis venido sólo a saludar. – La voz del Ichar era grave, rasposa, como dos glaciares chocando entre si.

– Yo creía que ya estarías senil, Crioterm, pero veo que sigues siendo difícil de engañar – rió ella, acompañada por el estruendo que era la risa del Ichar. – Necesitamos recargar los motores arcanos de salto de nuestra nave arca, y tú eras lo que nos venía mejor.

– Directa, así recuerdo a mi pequeña Sath, directa y mortal como una espada que avanza hacia tu corazón. Me alegra ver que hay cosas que no cambian. ¿Y quienes son tus compañeros? No espera, déjame sorprenderte.

Lord Crioterm sonrió mientras les examinaba.

– El grande es Andreyev, el héroe de las cavernas de Nueva Atlantis, a Crilian hacía muhco que no la veía ¿cómo estás pequeña?

– Muy bien, noble Crioterm, si mi padre hubiese sabido que pasaríamos por aquí hubiese enviado saludos.

– Lo sé, pero no hace falta que te disculpes. Estoy tan atareado, que ni siquiera he podido contestar a su generosa oferta. Todos los días tengo que tratan miles de cuestiones de logística y operaciones. Parece que hace siglos que terminamos Nueva Atlantis. ¡Diablos! Si hace siglos en verdad. – Su risa volvió a sonar por los salones, produciendo un eco estremecedor.

>> Echo de menos esos tiempos, cuando mis ayudantes, la gente de tu padre, eran tan competentes que yo podía desentenderme de las tareas más rutinarias, y dedicarme a crear magia con el hielo y la piedra.

– ¿Y ahora no puedes disponer de tales ayudantes? – preguntó ella.

– No, pequeña, casi todos los Ichar de valor y sabiduría permanecieron con Primarcar. No me importa, no te imaginas lo orgulloso que me sentí al saber que nuestros muros habían aguantado la presión de las Doce Ciudades.

Raúl se sintió un poco incómodo. Los muros habían aguantado a costa de muchas vidas, y a ese Ichar, como a tantos otros, parecía olvidársele el sacrificio de tantos y tantos.

– Pero eso no significa – continuó el gigante de piel azulada – que no les eche de menos. Aquí mis siervos son voluntarioso, pero no disponen de los medios ni las capacidades de los Ichar, tanto a nivel físico como puramente mental. Menos mal que el Gremio de Arcanos acudió en mi ayuda, si no, apenas habríamos alcanzado el cincuenta por ciento de los plazos fijados.

– A ellos necesitamos, Crioterm – interrumpió Sath, – ¿crees que estarán dispuestos a ayudarnos?

– Voy a serte sincero, no creo que estén muy dispuestos a colaborar con los aliados de Primarcar, pero lo harán si yo se lo digo. Y lo haré, ¡no me mires así, Sath!, pero sabes que tendré que pedir algo a cambio para cubrir las apariencias con ellos.

– ¿El qué?

– Aquí no, Sath, además, no he terminado de autopresentarme. A Ricardo ya le conozco de la batalla sobre el Polo Sur, luchaste como un Ichar – dijo.

– Gracias, Lord Crioterm – respondió ceremoniosamente éste.

– A Abraxias también – continuó con su repaso del grupo. Abraxias de Condenación, eres famoso en tu clase.

– Abraxias del Gremio Oculto – los ojos del joven Ichar se cruzaron con los de su anfitrión. Parecía que no le gustaba que hiciesen referencia a su estancia forzosa en la ciudad prisión. Sus ojos parecían arder enfrentados al gélido frío de Crioterm. Fuego contra hielo, y aunque no había ninguna duda sobre quien vencería en un enfrentamiento, fue Crioterm quien rectificó como buen anfitrión.

– Abraxias del Gremio Oculto, Señor del Fuego, Enemigo del Hielo Eterno, sed bienvenido. Y por último, la pareja. A la señorita no tengo el gusto de conocerla, pero alabo su belleza. Conocí a hombres que hubiesen declarado guerras por una mujer como usted, con su pasión oculta.

– Dejé mi pasión atrás en el tiempo – contestó ella sin amedrentarse.

– Eso es lo que crees, pero créeme, conozco el fuego cuando lo veo.

Dicho esto, Crioterm se volvió hacia Raúl y le miró a los ojos.

– Y aquí está él, el amado de mi ahijada Atar. El hombre que salvo el cosmos sólo con la fuerza de su corazón. El humano que hizo perder al infame Litharian. Tú más que ninguno, sé bienvenido.

– Gracias, Noble Crioterm, espero no defraudar su hospitalidad.

Crioterm sonrió, y dijo una palabra en lengua Ichar, una orden.

Alvathorair.

A su mando, las paredes del fondo de la sala se abrieron, deslizándose con un crujido sobre el suelo del mismo material. La sala que quedó a la vista era, si cabía, más espectacular que esta. Enormes monumentos de hielo negro y azul se retorcían hasta el techo, jugando con sus formas, e imitando todos los aspectos posibles.

– Estos son mis aposentos privados. Me gusta estar cera del trono – dijo. – Entremos.

Tras ellos, las puertas se cerraron.

– Aquí podemos hablar más tranquilos. Os habréis fijado que nos hemos encontrado con varios grupos del Gremio de los Arcanos. Esas sabandijas están por todas partes, espiando y complotando. Creen poder arrebatarme mi creación una vez terminada.

– No te conocen – dijo Sath con una sonrisa de alivio.

– No, creen que soy bonachón, o que estoy loco. No sé para ellos cuál de estas dos cosas es peor. Pero les necesito, les he necesitado desde el comienzo, y ahora que se acerca el final de las obras, creo que están muy bien agarrados a sus puestos y va a ser difícil echarles.

La mirada de Sath se volvió turbia, más oscura.

– Si necesitas ayuda – dijo mirando su espada, que parecía refulgir con ansia.

– No te preocupes, Sath, llegado el momento, les tengo reservadas algunas sorpresas que harán que se retiren con el rabo entre las piernas sin un ápice de poder místico, que es lo que buscan. Tal vez si se hubiesen comportado lealmente, respetando la Pax Ichar y sin armar mucho escándalo les hubiese dado algo de lo que quieren, pero el hecho de espiar a su anfitrión, ¡a mí! Es el colmo.

Crioterm parecía un tanto enfadado. La habitación al completo pareció bajar de temperatura varios grados de golpe, y sólo Sath y Abraxias no parecieron estremecerse por el repentino cambio.

Pero al poco, el gigante volvió a sonreír.

– Cuando llegue el momento, estaréis invitados en primera fila a ver el espectáculo. Mientras tanto, son un incordio, pero útiles. Aunque son el motivo de que no haya respondido todavía a tu padre por su generoso ofrecimiento – dijo mirando a Crilian. – Cuando volváis a verle, decidle que acepto su proposición, y transmitirle mis disculpas por la tardanza.

– Así lo haremos, Lord Crioterm – respondió Crilian ceremoniosa.

– Muy bien, pues vayamos al grano. Creo que vosotros ibais a buscar a mi ahijada, que está en algún lugar del cosmos, donde sea que ese maldito arma de Primarcar las haya llevado. Y que ella está en peligro.

– Así es – respondieron dos o tres de los compañeros a coro.

– Entonces el problema es que no puedo colaborar con vosotros sin que el Gremio de Arcanos se queje, por lo que tendré que pediros algo que me beneficie enormemente.

– No tenemos nada que… – dijo Sath, pero Crioterm no la dejó terminar.

– Tengo un problema en uno de los meridianos. Veréis, cuando llegué aquí los habitantes eran más un incordio que una amenaza. Pude reducirlos permitiéndoles salvaguardar sus vidas y cediéndoles un territorio para que continuasen con sus tradiciones.

>> Sin embargo, al poco tiempo, llegaron las Norn, las Brujas Ichar de Casiopea.

– Son tan malas que no las quieren ni en su ciudad. ¿Cómo las admitiste aquí? – preguntó Sath.

– Ya me conoces, no me puedo negar ante la belleza. Me trajeron un cristal de hielo de Arcturus, el Planeta Perdido. Será la piedra que ocupe la cúspide más alta de la torre más alta, para que pueda ser vista desde el espacio exterior. Brillará en mil colores de luz, será… disculpas, ya empiezo a divagar.

>> El problema está en que les prometí que podrían elegir un lugar de mi territorio donde asentarse, y una promesa es una promesa. Eligieron el campo de los nativos, el Mar de las Lágrimas Heladas. Ahora no puedo retractarme ante ninguno de los dos, por lo que debo nombrar un juez que estudie el caso y decida imparcialmente.

Nadie en este planeta es imparcial, por lo que tenéis que se runo de vosotros.

– Será un honor para mí arbitrar esta disputa – dijo Sath-Weir.

– Lo siento, querida, pero me temo que quiero que sea Raúl. Sus hazañas y su sabiduría han llegado hasta este lejano rincón del Imperio Ichar. Deberá ser él el que juzgue el caso.

***

– Debes tener cuidado, Raúl.

– ¿Por qué? Sólo debo escuchar lo que dicen y ver cual de las dos partes tiene más derechos sobre las tierras en disputa. Además, me ha nombrado el Ichar regente de este planeta, no creo que nadie lo desafíe.

– No, nadie lo hará abiertamente. Pero puede ser peligroso que hagas enfurecer a las Norn. No olvides que ellas son Ichar, y te verán como un inferior, como una burla. No sé porqué te ha elegido Crioterm. Lo cual me lleva al segundo problema.

– ¿Qué problema?

– Como has visto, Crioterm es un buen aliado, pero es algo “excéntrico”. A veces parece rayar casi la locura en todo lo que se refiera a sus visiones y a su obra. No sé porqué te ha elegido a ti, pero seguro que es alguna prueba.

– Y aunque no lo parezca, nos jugamos su apoyo y por lo tanto el destino de nuestro viaje y de Gema. Si beneficio a unos, los otros retirarán su apoyo a Crioterm, con lo que le causaremos problemas, y si decido por los otros, ocurrirá lo contrario.

– Así es. Mañana partiremos a ese Mar de las Lágrimas de Hielo y veremos cómo podemos salir de esta trampa sin salida. Hoy es hora de descansar del viaje, y divertirse. Me esperan Crilian y Ricardo. Si te quieres unir a nosotros – le dijo con una pícara mirada en los ojos.

Y tras decir esto, abandonó la habitación dejando a Raúl a solas con su problema.

***

Las paredes de cristal del transporte anfibio de Crioterm dejaban ver el camino hasta el Mar de las Lágrimas. Habían viajado a través de un portal medio mundo de distancia para llegar a un colosal puerto totalmente construido en hielo, como casi todo en este planeta.

Allí, se habían embarcado en un submarino de cristal que les llevaría a su destino, donde Raúl debía enfrentarse a una prueba que más parecía un juicio. Lo que los amigos sospechaban era que en ese juicio ellos iban a ser al mismo tiempo juez y jurado.

Bajo el océano, que a medida que se alejaban el polo norte dejaba de estar cubierto de hielo, numerosas construcciones podían ser contempladas durante su viaje. De alguna forma, tal vez utilizando sus poderes o algún conjuro arcano, Crioterm había conseguido construir ciudades de hielo en el fondo oceánico. El paisaje bajo el agua era increíble, y sobre ella.

Ciudades que flotaban, carreteras de hielo y cristal submarinas por las que viajaban caravanas de seres de una ciudad a otra. Fortalezas de varios kilómetros de altura que despuntaban sobre los océanos, tocando las nubes más altas.

Durante las cinco horas que duró el recorrido, pudieron ver todo eso y mucho más. La mujer que les había recibido les acompañaba como delegada de Lord Crioterm. Ella les fue explicando las maravillas que veían.

– Ya hemos llegado, – les dijo por fin.- El Palacio de las Lágrimas.

A través de la pared de cristal pudieron contemplar un espectáculo a la vez fastuoso y sobrecogedor. En kilómetros a la redonda, flotando en la superficie, se extendía un enorme palacio de hielo. Vista desde abajo, la construcción parecía el techo de una enorme caverna del que descendía estalactitas de cientos de metros de longitud. Cada una de ellas, pudieron fijarse, poseía cientos de ventanales de diversos tamaños, lo cual daba muestra de que estaban habitadas, y que todo su interior era un complejo en el que vivían sus habitantes.

El submarino se dirigió hacia arriba, entrando por una enorme puerta con grabados rúnicos y llegando a un muelle interno en el que pudieron salir a la superficie.

El comité de bienvenida no pudo ser más gentil. Una docena de mujeres Ichar, de aspecto sobrecogedoramente hermoso, les acompañaron a sus habitaciones. En ellas se encontraba la matriarca de las Norn, alta delgada, vestida con holgados ropajes plateados, del mismo color que su piel y sus ojos.

Sus labios rojos brillaban como si fuesen de diamante y su pelo un poco más oscuro caía sobre su espalda hasta casi rozar sus muslos.

– Venganza, enviados de Lord Crioterm – les saludó. – Los mensajes de nuestro anfitrión nos avisaron de su llegada, y les presentaron como la solución al problema que nos acucia. Creánme si les digo que tenemos bastante prisa por resolverlo, y comenzar a cumplir la voluntad de Lord Crioterm lo antes posible.

– Venganza, Reina de las Norn. Esperamos poder resolverlo con satisfacción para todos – dijo Sath-Weir ceremoniosamente. – Le presento a Raúl Torres, el elegido por Crioterm para esta tarea.

Sath-Weir había sido muy lista. Al hablar ella y presentar a Raúl había dejado claro que respaldaba a su acompañante humano, y al hacer mención a Lord Crioterm había dejado claro que ellos sólo eran una expresión de la voluntad del hacedor supremo del planeta.

– Venganza, noble humano. Celebramos que la paz entre nuestras razas haya llegado al fin. Como sabrás nuestra ciudad siempre estuvo en contra de la guerra.

La Reina Norn era muy hábil también, pues había dejado claro que esperaba que la guerra entre ambas razas no entorpeciese su juicio, y que ellos habían permanecido neutrales todo el tiempo, para decantarse al final el lado Renegado que protegía a los hombres.

Raúl no contestó.

– Bien entonces, mañana vendrán los enviados de los Druan, la raza con la que mantenemos la disputa, y si no les importa mañana se celebrará el juicio.

– Perfecto, deseamos resolver el problema con la mayor rapidez – por no hablar de salir de este planeta y proseguir nuestra búsqueda, pensó Raúl.

– Hasta entonces nos gustaría que disfrutasen de toda la hospitalidad de Las Lágrimas. Esta noche se celebrará una recepción, una cena en su honor. En sus aposentos podrán encontrar ropa a medida para la ocasión.

– Le agradecemos su hospitalidad, Reina Norn, Lord Crioterm posee unos aliados de los que debe estar orgulloso – dijo Crilian, quien hablaba por primera vez durante la conversación.

Esa misma noche se celebró la cena. Fueron conducidos a un enorme salón donde había varias mesas dispuestas en paralelo, enfrente e una gran mesa semicircular en la que se sentaron las Norn. Sólo Raúl fue invitado a esta mesa que presidía el banquete, al lado de la misma matriarca.

El resto de los compañeros se sentaron cerca de la cabecera de una mesa, todos juntos.

– Torres, permítame que le llame así, pues creo que sus amigos suelen referirse a usted por su segundo nombre. Espero que le esté gustando su estancia en nuestro humilde hogar.

– Así es. Es hermoso.

– Todo en nuestra vida es hermoso. Nuestros hogares, nuestros actos, nuestros cuerpos. Las Norn creemos que el poder se logra con la belleza, al tiempo que con la precisión de nuestros actos. Por eso somos a la vez tan diligentes y pasionales.

– Según tenía entendido fueron expulsadas de Ciudad Casiopea por el Triumvirato Regente – Raúl no veía motivos para mostrarse cortes. Sabía que era un descarado intento de influirle, y se lo iba a poner tan difícil como pudiese. Sin embargo, la Reina Norn no dejó escapar ninguna emoción que cambiase la expresión amistosa de su rostro.

Sus labios brillaban como el diamante, y sus gráciles manos partían la comida con cubiertos ornamentados traídos seguramente para estas ocasiones de algún lugar muy lejano.

– Desde luego teníamos algunas diferencias con los regentes de nuestra amada ciudad en lo tocante a cómo conseguir nuestros objetivos comunes. Pero esas diferencias han sido ya olvidadas y nosotras hemos encontrado un hogar de acuerdo a nuestras creencias. El Palacio e las Lágrimas es algo más de lo que hubiésemos esperado en Ciudad Casiopea.

– ¿A qué se debe la disputa? – preguntó directamente Raúl. – Por lo que he podido ver, ustedes habitan en el Palacio, y sólo se comunican con el exterior a través de sus emisarios, esos gigantes de piel plateada que hemos visto sirviendo la mesa. Mientras que los Druan habitan en las profundidades, cera de la sima donde no les molestan.

– El motivo, querido Torres, es que debemos hacer cumplir la voluntar de Lord Crioterm, quien nos cedió este territorio para que lo regentásemos en su nombre. Es nuestro… feudo, por llamarlo de alguna forma, y los druan sólo son criaturas inferiores que se resisten tozudamente a nuestra voluntad. No quiero que os toméis a mal mis palabras, cuando conozcáis a los druan comprenderéis a qué me refiero. Son tan distintos de nuestras dos razas, tan primitivos.

– Lamento no poder coincidir con usted en esa apreciación, pues es precisamente esa forma de pensar la que desencadenó la guerra contra los hombres. Yo creo en la igualdad de todas las razas, sea cual sea su estado y condición.

– Nadie discute eso, pero reconocerá que los humanos también poseen en su haber muchísimos actos en los que han sometido a otras etnias de su raza, y destrozado otras especies.

– Sí, no lo pongo en duda – continuó Torres el debate, sabedor de que la Ichar veía a todo el Cosmos como un lugar que debía plegarse a su voluntad, y que si no era así era por cambios momentáneos en el destino. – Sin embargo, sería muy mal juez y peor persona si no hubiese aprendido de los errores que mis congéneres han cometido. Y creáme si le digo que someter y destruir a otros seres es el peor error que una especie inteligente puede cometer.

La Reina Norn meditó sus palabras unos segundos, sopesando las posibilidades que le abría el carácter del hombre. Al final, pareció desechar la idea, como quien abandona un curso de acción antes de embarrarse más los pies.

– Estoy totalmente de acuerdo, querido Torres. Pero hay algo más. Como ya le dije, las Norn creemos en la belleza. Para nosotras lo más hermoso, además de los Ichar, es el Drual’sim.

– ¿El Drual’sim? – preguntó Raúl.

– Una joya. Una roca de aspecto cristalino, y de grandes poderes. Durante generaciones nuestros esclavos han buscado estas piedras en los comercios del cosmos, pues su origen se nos había escapado todo este tiempo. Imagínate nuestra sorpresa al saber que el lugar de nuestro exilio era precisamente el origen de los Drual’sim.

– El Palacio de Hielo.

– Así es, y justo nos encontramos sobre la única mina de la que pueden salir. Los druam han escavado la sima durante milenios, en busca de metales para hacer la guerra, y rocas para sus hogares primitivos. De vez en cuando encontraban una piedra de las estrellas y la vendían a cambio de unas baratijas.

>> Nosotros las necesitamos, las queremos por su belleza, pero también por sus grandes poderes.

– ¿Qué pueden hacer esas piedras?

La matriarca Norn sonrió, pues creía que Raúl se sentía tentado por las riquezas que ella insinuaba.

– Piedras de las estrellas las llamamos, porque nos abren las puertas de todo el cosmos. Con ella podemos ver cualquier cosa no protegida por magia más poderosa que la nuestra. Y te puedo asegurar que en materia de adivinación no hay magia más poderosa que la nuestra.

>> Cuando encontramos una de estas piedras, las Norn grabamos con magia la imagen de algo en su interior. Una persona, un planeta, un objeto. Con esa piedra podemos saber en todo momento donde se encuentra el modelo de la imagen que hemos grabado.

Raúl suspiró, mientras que la Reina Norn sonreía.

– Veo que comprendes las implicaciones que eso puede tener para ti. Si una Norn graba en un Drual’sim la imagen de Atar, podrás saber donde está en todo momento. Acortarás tu viaje varios años, y puede que le salves la vida a tu amada. Para nosotras lo primero es el amor entre amantes verdaderos.

>> Lamentablemente ahora las Norn no disponemos de ninguna de estas piedras, por lo que no podemos obsequiaros con una de ellas. Y sinceramente, el consejo que presido nunca aceptará una decisión que no sea la total migración de los Druam de los territorios que ahora ocupan.

Ahora comenzó torres a situar todas las piezas del puzzle. Lo que la Reina le estaba diciendo es que si quería localizar a atar sin tener que recorrerse medio universo debería fallar en su favor. De cualquier otra manera ninguna Norn cooperaría con ellos, con lo cual podría desvanecerse la única posibilidad de localizar a Gema con vida.

Un estruendo interrumpió la conversación. Un ruido de trompetas provenientes del fondo del salón, donde doce esclavos de piel plateada soplaban unos enormes instrumentos de este mismo material.

– Pero no voy a distraeros hablando de obligaciones y deberes esta noche – dijo ella. Ahora que ya había dejado las cosas claras se retiraba dejándole meditar. – Disfrutemos del espectáculo que les hemos preparado.

Por las puertas de hielo que se abrieron entraron veinte bailarinas Norn. Eran de clase baja, aprendices de esta organización, reclutadas por sus habilidades y belleza. Entonces se desplegaron por la sala, mientras sus pieles plateadas y sus cuerpos perfectos danzaban entre las mesas, todos los invitados se dejaron extasiar por la belleza en movimiento que representaban.

El ritmo fue creciendo a medida que ellas evolucionaban entre los comensales, haciéndose más cautivador, sensual y atrayente. Era un ritmo que atraía tanto a hombres como a mujeres, por lo que podía ver desde su sitio.

Al final, en el clímax de la música, cada bailarina se situó al lado de algún invitado, y cuando paró la danza se arrojó a sus pies invitándole a ayudarla a levantarse y a entablar conversación.

Curiosamente ninguno de los compañeros fue invitado a esta ceremonia.

– Las doncellas Norn eligen a los invitados con los que pasarán la noche, en función del deseo que sienten hacia ellas –explicó la Reina. – Como puedes ver entre los elegidos hay tanto hombres como mujeres. Nosotras creemos en la igualdad de la belleza.

>> Sin embargo, les hemos ordenado expresamente que ninguno de ustedes sea elegido en esta danza. Para ustedes tenemos reservados algo más especial. Las habilidades de las doncellas son fabulosas, pero no pueden compararse a nuestros dones. Si alguno de ustedes lo desean, estaríamos orgullosas de mostrarles lo que las Norn podemos ofrecer.

Mientras decía esto torres sintió cómo la belleza de la Matriarca se hacía omnipresente. A Raúl le costaba mantener en mente cualquier cosa que no fuesen sus hermosos ojos, sus labios y su cuerpo susurrante. Sin embargo, algo le impedía asentir a la proposición.

En su interior, un calor familiar tomó el control de su mente. Torres sintió entonces los poderes de seducción de la Ichar intentando entrar en su mente, y una fuerza representada por un vivo color rojo que luchaba contra ella.

– Lamento no poder aceptar esa proposición, pero mañana tendré que estar descansado, y debo estudiar el caso todavía.

La Reina Norn era buena, pues a pesar del frustrante intento no dejó que ninguna expresión asomase a su rostro, excepto su siempre presente sonrisa de serpiente.

– Por supuesto – dijo – prepararemos sus habitaciones.

Mientras el banquete terminaba y Raúl se reunía con sus amigos, no pudo evitar preocuparse por lo que había sentido. Esa sensación de control le era familiar, algo que creía que ya no poseía, y que temía que volviese a surgir. Desechó la idea pensando que serían residuos de su antiguo poder, y se encaminaron a las habitaciones.

***

Raúl había discutido durante un buen rato con sus compañeros.

Les había contado la historia de los Drual’sim, y la proposición de que con ellos encontrarían antes a Atar. Sath-Weir, Ricardo, Abraxias y Andreyev eran partidarios de aceptar, los Druam podrían encontrar otro hogar.

Crilian no quería que aceptasen, prefería perder años de búsqueda antes que ceder ante las taimadas Norn. Sólo Lola permaneció en silencio.

Al final, Raúl dijo que tomaría la decisión tras oír a las partes implicadas y que debía irse a estudiar la historia de ambos pueblos.

Había pasado la noche leyendo sobre las Norn y los Druan. Éstos eran un pueblo marino, incapaz de vivir fuera del agua durante más de un par de días, y lo habitaban desde siempre. La llegada de Crioterm les había expulsado de muchos territorios, pero consideraban a la sima sobre la que se asentaban sus poblados el origen de su raza, por lo que aceptaron la proposición de éste a cambio de la paz.

Ahora, Raúl se encontraba en pie, escuchando a ambos bandos alegar sobre su derecho a ocupar la Sima.

Los Druam contrastaban con las en apariencia delicadas Norn. Eran altos, seres reptiloides de piel azul de más de dos metros de alto. Sus pieles escamosas cubrían todo su cuerpo, dando la impresión de encontrarse frente a un gigante acorazado. Llevaban ornamentos de coral amarillo en las orejas y cuellos, así como incrustados en la piel. Cuantos más ornamentos, mayor parecía ser la posición social del druan.

Subsistían pastoreando enormes serpientes marinas, de varios cientos de metros de largo, que sacrificaban y les servían de alimento. Para ellos, la verdadera riqueza estaba en poseer una o más de estas serpientes, pues el clan que las poseyese, no pasaría hambre en mucho tiempo, conservando su carne colgada en las paredes de la sima, protegidas de las bacterias por una mezcla de arcilla y sal y de los depredadores por patrullas del clan.

Quienes no poseían este “ganado” debían alimentarse de cangrejos y peces, lo cual era un signo de pobreza.

El cabecilla de los Druam era quien hablaba ahora. Un conjuro en la sala permitía que todos se entendiesen a pesar de hablar idiomas tan distintos.

– Nosotros fuimos los primeros en nacer en el planeta, y los primeros en llegar a esta agua. También fue nuestra raza la que obtuvo la palabra del Amo del Hielo los primeros.

– Pero nosotros somos Ichar, criatura inferior, – interrumpió la Matriarca Norn. – Vosotros habéis nacido para servirnos.

– Druan no servimos a nadie – respondió altivo el ser de piel escamosa. Druam luchar si intentáis quitarnos nuestro hogar, nuestro último hogar.

– Seríais exterminados.

Era la quinta o sexta vez que Raúl escuchaba este infructuoso debate sobre los derechos de unos y otros. Ya estaba cansado, y ya tenía tomada una decisión.

– Muy bien – dijo, – creo que ya tengo elementos de juicio suficientes para tomar una decisión.

Todos en al sala callaron en espera de que el elegido de Lord Crioterm pusiese fin a esta larga disputa a su favor.

Raúl miró alrededor y no se hizo esperar.

– Los Druam permanecerán en la sima.

Por primera vez, Torres pudo ver la furia asomar a los ojos de plata de la Reina, lo cual le divirtió. Sabía que ya no podía hacer nada para aplacar la furia, pues ellas considerarían como una afrenta en que los druam no fuesen expulsados. Pero ese pueblo ya había sufrido bastante, y no iba a hacerlo más si él podía evitarlo. Aunque le costase años de su vida.

Las criaturas de piel azul celebraban con alborozo la decisión, pero Raúl no había terminado.

El Palacio de las Lágrimas de Hielo será trasladado a otro lugar donde las Ichar Norn puedan establecerse. A cambio de su buena voluntad, los druam recogerán para ellas los Drual’sim y se los entregarán a cambio de serpientes Gatkas. A razón de una roca por una serpiente.

Todos le miraron extrañados. Raúl acababa de encontrar una salida pacífica al dilema de ambos bandos, y aunque seguro que no aplacaría a las Norn sí serviría para evitar represalias contra Crioterm.

Las Ichar podrían criar estas serpientes gracias a los servicios de los genetistas y esclavistas Ichar, y recibirían a cambio algo muy valioso para ellas. Los Druam conservarían sus tierras natales, y a cambio de algo que no valoraban, recibirían no sólo alimento para sus clanes, sino riqueza y un sistema de comercio que esperaba que pronto aumentase.

De esta forma todos se beneficiaban. Las Ichar, los druam, Crioterm y hasta Primarcar, que tendría una preocupación menos al dar salida a los esclavistas que viniesen a asentarse en el Palacio de Hielo.

El único que perdía era él. Las Norn jamás le entregarían un Drual’sim con la imagen de Atar, por lo que él veía desvanecerse la única posibilidad de localizarla de forma rápida.

Su búsqueda sería muy larga pero sus amigos se felicitaban por la ingeniosa salida. Sólo Crilian se fijó en cómo le miraba Lola.

***

Días después Crioterm les fue a visitar al punto de salto del cual despegaría su nave una vez recargada por los arcanos.

– Raúl, le dijo, has hecho honor a tu fama. Las tentaciones eran muchas, y la decisión difícil. Tu vida dependía de ello, pero no te amedrentaste. Sabes que si hubiese expulsado a las Norn te hubiesen asesinado, y si hubiese echado a los druam habrías condenado a su raza.

Torres asintió.

– Has perdido mucho, renunciando a lo que ellas te ofrecían, pero has seguido los dictados de tu conciencia, y has demostrado ser un valioso aliado para Primarcar. Espero que encuentres lo que buscas.

Después de estas breves palabras todos se apresuraron a embarcar.

Cuando la nave despegó, Raúl se retiró a descansar, pues el viaje sería largo, y debían estar preparados. Sólo Abraxias discutía todavía sobre la decisión, quejándose de que eso les habría hecho volver antes a la tierra. Lola y él habían decidido poner fin a su exilio, solicitando la protección de Primarcar.

Fue ella la que le calmó. Le dijo que estaba cansada y que al acompañase a su habitación, donde ambos dormían.

Al entrar en su propio camarote, Raúl encontró algo sobre la cama. En el centro de la áspera manta, brillaba una enorme joya con forma redondeada. Raúl la cogió, dejando escapar una lágrima. En su centro, formado por una miríada de pequeños puntos estrellados, estaba la imagen perfecta de Atar.

 

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