La Ciudad Olvidada

La Ciudad Olvidada

Nadie recuerda ya, ni los más antiguos de los Ichar, el verdadero misterio que rodea a las Trece Ciudades. Las Trece Ciudades, las Joyas del Imperio, el hogar de los seres más terribles y poderosos del Cosmos. Sus torres se alzan majestuosas en los océanos del planeta natal de sus amos, sus laberintos recorren las entrañas de la tierra y su poder se extiende más allá de las estrellas.

Ahora, tras tanto tiempo siendo sólo Doce, las Trece vuelven a estar unidas, reunidas en todo su esplendor para mayor gloria de sus creadores, los Ichar.

¿O no?

Dicen los más antiguos de los Ichar, o por lo menos aquellos que han hablado sobre el tema con alguno de ellos, que en los albores de los tiempo, cuando todo el mundo era un llano terrible donde los rayos azotaban los desiertos, y los volcanes bramaban frente a océanos ardientes, se fundaron las Ciudades que acogerían a la raza cuyo destino era dominar el Universo.

¿Ciudades Perdidas?

Pero que, contrariamente a lo que la Historia Cuenta, fueron Catorce las Ciudades edificadas por los todopoderosos Ichar.

Los Seis Primeros supervisaron la construcción de cada una de ellas, como asentamientos para su poder, y como tronos para su gloria.

Pero una de ellas se perdió. Nadie sabe como, ni porqué, pero lo cierto es que una de ellas, quizás la más grande e importante se ha perdido para siempre en los albores de la historia. Tal vez fue la traición de alguno de los seis Primeros, o sus habitantes decidieron escapar de las guerras intestinas que ahogaban a su raza ya desde sus primeros momentos de existencia. Estos rumores son causa de risa entre las clases bajas, pues nadie puede creer que toda una ciudad Ichar pueda desaparecer de la faz del cosmos, con todo el poder que emana, como un faro para los arcanos y los nigromantes.

Un destino desconocido

Sea como sea, el destino de la Ciudad Perdida no se encuentra en ningún escrito de todo el cosmos. Los administradores y asignadores han rebuscado en cada tomo, en cada códice, en cada grimorio, buscando una referencia a una ciudad. Los Ichar envían periódicamente expediciones en su busca, con el fin de descubrir sus secretos y obtener el poder que de ella puedan robar, pero estos intentos están desorganizados y siempre terminan en fracaso, pues los Altos Profundos, prohiben cualquier intento organizado de salir en su busca.

Tal vez la llave del misterio la posea un anciano Ichar perteneciente a la Legión Behemoth.

Perdido tras una batalla contra las fuerzas de la Religión, este legionario vagó por el cosmos durante años, hasta que llegó a la Tierra. Pero cual sería su sorpresa cuando contempló cómo las Trece Ciudades no aparecían en los lugares donde se suponía que estaban. En su lugar, se alzaba una imponente ciudad, seis veces más grande que Sherian-Dragon y Soren Gardiar juntas. Estaba localizada en pleno Océanos Ártico, pero no bajo sus heladas aguas, sino sobre ellas, como un monumento al poder Ichar.

Sin embargo, la población humana era tal y como la recordaba antes de su partida, las ciudades devastadas, defendidas por unas fuerzas extenuadas, que se enfrentaban a un enemigo invisible para él. Era como si él mismo, y la enorme ciudad Ichar que había contemplado no existiesen, y sin embargo, los humanos sí pudiesen ver las Trece Ciudades que eran su hogar, y a los Ichar que les cazaban como a animales.

Intrigado, y levemente asustado de haber vuelto a su hogar sin saber qué estaba ocurriendo, el legionario se dirigió a la única ciudad habitada por Ichar. Lo que vio, lo narró después a los asignadores entre delirios.

Una maravilla de oro y joyas

Toda la ciudad estaba compuesta por diez enormes torres de oro, plata y platino. Cada una de ellas medía cientos de kilómetros de alto y decenas de ancho, y estaban unidas entre si por puentes por los que podían pasar legiones completas.

Cada torre de esta colosal ciudad estaba habitada por Ichar de diferentes tipos. A Lian´klion pues así se llamaba el legionario, le recordaban vagamente los diferentes rasgos de las bestias inferiores humanas. Estos Ichar, indiferentes por voluntad propia a la destrucción del mundo, se enfrentaban entre si como si de eternos panteones mitológicos se tratase.

Dioses vivientes

Por sus clases de adiestramiento militar, Lian pudo comprender que los Ichar allí presentes, eran los inspiradores de las diferentes mitologías humanas, la China, la Japonesa, la Greco-Romana, la Egipcia, la Celta, la Normanda, la Germana, la Inca, la Azteca, y así muchas más. Cada uno de ellos representaba un dios o demonio de las diferentes culturas que habían marcado la historia de los hombres. Desde Mesopotamia a las culturas precolombinas.

Eran ellos, los que inspiraban a sus panteones, a sus dioses, y los que eran tratados por los hombres de las diferentes épocas como seres divinos.

Luchaban entre si por la supremacía de sus colonias e ideas, de sus súbditos, y cada uno de ellos mantenía en la manga secretas sectas con las que esperaban revitalizar la creencia de los hombres en ellos.

Lian se acercó a las puertas arco iris de una de las torres, y allí le recibió un guardián que enseguida le reconoció como uno de los hermanos perdidos. Alegremente le condujo por las calles y pasillos internos de la torre, que en muchos lugares se abría a dimensiones sin fin, dándole un aspecto impresionante.

Recibido por los Padres

Le condujo ante el consejo de los Líderes de las Diez torres. Cada uno de ellos con sus rasgos, que habían adoptado para parecerse más a quien les adoraban en la Tierra, y con sus propios ropajes mitológicos. Allí pudo contemplar, siempre según los delirios que pudieron ser entendidos, cómo los Ichar llamados Odín, Gea, Zeus, etc., habían establecido una sociedad basada en enormes panteones con semidioses y seres mitológicos.

Todos en una guerra encubierta por los creyentes, una guerra que se libraba según unas normas claras, en las que los Ichar de esta ciudad nunca podían pisar la tierra para conseguir adeptos, bajo pena de que los demás panteones se aliasen contra ellos.

Inspiraban los sueños de los humanos con sus enormes poderes en la distancia, y eran los hombres quienes discurrían y llevaban a la práctica sus deseos, como sacerdotes y apóstoles. De esta forma, en diferentes períodos y lugares de la tierra y la historia, uno o varios panteones se habían alzado, para luego caer, esperando volver alzarse de sus cenizas.

Lian, fue conducido a una prisión de paz, donde permanecería toda la eternidad, pues no querían revelar su existencia al resto de sus hermanos. Eventualmente escapó de su dorada prisión, pero sólo al coste de su razón e integridad emocional.

Regreso al hogar

Al fin, llegó solo a las puertas de su ciudad, tras atravesar las mágicas barreras que separan la ciudad Perdida de este mundo, unas barreras que le costaron más caro de lo que imaginaba, pues le volvieron loco. Los Asignadores le interrogaron, cuidaron y anotaron cada delirio que pronunciaba, de sus pesquisas y cuidadosos interrogatorios se ha podido deducir lo que os hemos contado, pero nadie sabe si es un hecho cierto, o sólo el producto de la mente enferma de un legionario abandonado por su legión a manos del más terrible y misterioso enemigo de los Ichar hasta el momento, La Religión.

Pero si es cierto, y los Altos Profundos lo niegan con tanta vehemencia que muchos sospechan que este relato es verídico, la potencia combinada de las diez torres, cada una tan grande como una ciudad Ichar, suponen un poder a tener en cuenta en el delicado equilibrio del Imperio.

¿Por qué permanecer ocultos? ¿Por qué con tanto poder no dominar a los humanos si ese es su deseo, y el destino en el que creen los Ichar? ¿Por qué sus religiones son ahora minoritarias, recuerdos perdidos de antiguas grandezas? Sea lo que sea lo que les ha hecho retirarse, podría poner en peligro el dominio del Imperio Ichar sobre el cosmos.

Parece ser que estos Ichar perdidos desean seguir en su anónima atalaya, pero no sabemos cómo podrían reaccionar si los Ichar de las Doce ciudades hubiesen destruido a los hombres, sus seguidores, como planeaban. Tal vez hubiesen buscado otras razas en las que influir y con las que experimentar, pero muchos lo dudan, creyendo que eso hubiese significado una guerra total. El resto, lo que dudan es que existan.

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