Mirando a las Estrellas

 

Mirando a las Estrellas.

Una siniestra figura ascendió por la escalera de arenisca, que había visto crecer y morir a mil emperadores y nacer cien imperios, imperios que ahora eran sólo cenizas.

Los soldados aullaron ante su presencia, y el Ichar miró hacia abajo, hacia las legiones que había reunido, y sonrió. Sus dientes se contrastaban con su negra piel, y sus ojos rojos parecían prometer a sus tropas todo lo que éstas deseaban, guerra, riquezas, poder y sangre.

Acallando con una palabra a sus alborotados seguidores, el ente oscuro alzó una mano, reuniendo en ella todo el poder del Cosmos. La energía negra pareció crepitar a su alrededor, y el cielo repleto de estrellas pareció oscurecerse.

Ambas lunas, alineadas frente al templo de roca, que no era nativo de ese lugar, se tiñeron de color negro, como si un enorme astro se hubiese interpuesto entre ellas y su sol.

No era así.

El Ichar había oscurecido la estrella que daba nombre al planeta, como señal para que todos los peones que tenía repartidos en el cosmos comenzasen a ejecutar el preciso plan que había tardado en trazar mil millones de años.

– Ahora, soldados míos, – dijo una voz que surgía del fondo de su pecho, y que no surgía de su boca.

Las aclamaciones y los vítores surgieron de forma espontánea, anticipándose a la declaración de su líder.

– ¡Que comience la conquista!

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