I.C.H.A.R

I

Bruno Valentti se agachó tras la viga. El suelo mojado, anegado de agua del mar, estaba cubierto por un palmo de agua. Había visto, junto con el resto de sus compañeros, las sospechosas ondas en el agua. Todos callaron asustados.

Hacía días que las aguas se habían levantado y habían cubierto una parte importante de la ciudad de Valencia. Éste no era sino el último de una serie de fenómenos meteorológicos inexplicables que habían ocurrido en los últimos meses.

De repente, el clima cambió, incluso en primavera, el cálido clima levantino se había vuelto frío y hosco. El cambio había sido a escala mundial, y los expertos, y los bocazas – pensó Bruno – se habían lanzado a hacer mil y una especulaciones sobre el origen del cambio climático.

Cuando el sol comenzó a oscurecerse, todos callaron. A pesar de que seguía brillando en el cielo, parecía como si la luz no se atreviese a llegar hasta la superficie de la Tierra, como si el calor rehuyese el contacto con la corteza terrestre.

El terror se mostró en todas sus formas, sectas surgidas de repente en miles e lugares distantes entre si, agoreros del fin del mundo, expertos que proclamaban que la contaminación era la responsable, físicos que decían que algún fenómeno astronómico estaba interfiriendo al luz y el calor del sol.

Los mares subieron, anegando las ciudades costeras, y, poco a poco, Bruno vio como sus muchos negocios, levantados con su esfuerzo y el de sus chicos eran consumidos por las saladas aguas.

– Vámonos, – le pidió una voz tras él. Se trataba de Rosa Argüelles, su antigua empleada y actual amante.

– Silencio – ordenó Bruno – vamos a recuperar ese cargamento cueste lo que cueste. Y cállate si no quieres que te dejemos sola.

Sus otros dos acompañantes, hombres de confianza, asintieron en silencio. Ya estaban lo bastante asustados como para que a cada momento les estuviesen recordando el peligro.

– Lo siento, Bruno – se disculpó ella, hundiendo la cabeza con ese gesto suyo que la hacía parecer tan inocente. A veces, Bruno se olvidaba de donde la había sacado.

Él no contestó. Tenía su mente fija en su objetivo. El final del túnel de metro inundado, donde se suponía que estaba su objetivo. A medida que la línea del metro se acercaba más a la costa, las aguas aumentaban su nivel, anegando por completo los túneles ya abandonados. El final e esta línea era el lugar en el que se había quedado “encallado” el último cargamento, con el que esperaba reconstruir su imperio.

Proveniente del Este, un cargamento de armas y “plantas medicinales” le esperaba, abandonado por sus contactos, los cuales jamás llegaron al lugar convenido. Su última comunicación la habían realizado desde allí. Habían entrado en planeadoras desde el Mediterráneo, y habían utilizado los túneles para transportar su carga ilegal.

– ¿Veis algo? – Preguntó Ernesto, su segundo al mando. – Con esta oscuridad no veo nada, pero creo distinguir unos bultos al fondo.

Así era, Bruno, que iba el segundo tras su lugarteniente también pudo ver las cajas empapadas apoyadas contra los andenes por los que hace no mucho tiempo circulaban los trenes subterráneos.

– ¡Ohhhh, mama! – exclamó Olen. El gigantesco ruso-finés cerraba la marcha. – Seis toneladas de la mejor mercancía listas para ser distribuidas en le mercado, abandonada por sus dueños.

– Y cerca de un centenar de armas pesadas, M-75, lanzagranadas, Stinger y munición suficiente como para hacer saltar todas las urbanizaciones de aquí hasta Huelva.

– Tú nunca has estado en Huelva, capullo. – Le interrumpió Ernesto. Al serio hombre de negocios le sobraban agallas para hacer enfadar a un tipo de tres metros, pero no quería perder el tiempo en esos túneles. – Llama al resto de los hombres y que vengan a recoger la mercancía.

Bruno se acercó más al andén. Subió desde los raíles oscuros que habían recorrido hasta el andén de la línea, directo hacia su destino, mientras sus compañeros llamaban al resto de los equipos que peinaban los túneles laterales.

El suelo estaba húmedo, cuando Bruno enfocó hacia sus pies, pudo ver que no era agua. La luz de las potentes linternas militares que habían robado del cuartel abandonado mostró una dantesca escena. Todo, desde las paredes hasta el suelo, incluidas las cajas de su mercancía, estaban cubiertas de sangre. Ese había sido el destino de sus contactos, por eso no habían regresado jamás con sus jefes, ni habían entregado la mercancía.

Un escalofrío helado subió por su espalda, congelando su sangre y sus nervios. Al instante, él y sus compañeros, a juzgar por sus caras de pavor, recordaron las noticias que circulaban por las pocas emisoras locales que quedaban. Debido a los cambios climatológicos, hacía semanas que no se recibía la señal de ninguna cadena de ratio o televisión nacional. Sólo algunas líneas telefónicas permanecían intactas, y las corporaciones locales habían declarado que su uso era de interés de todos lo valencianos, no privado, y las habían restringido.

– Bruno, – le volvió a decir Rosa. – Dicen que la gente ha desaparecido en sus hogares, y que muchos no han regresado de las exploraciones costeras. Y esto no lo ha hecho ningún arma.

– Olen, diles a los hombres que vengan corriendo, antes de que se ponga el sol ahí fuera quiero tener todo esto en nuestro cuartel, y estar lejos de estos jodidos túneles.

– No responde nadie, Bruno. – Fue la lacónica respuesta de su soldado. Los túneles deben hacer interferencias…

– No me vengas con esas, idiota, – le interrumpió Ernesto. Todos sabemos que algo está cazando humanos, y puede que hayamos entrado en su cubil. Sugiero que salgamos de aquí ya.

– No voy a dejar esto aquí, – dijo Bruno. – No voy a dejar que nada destruya el imperio que he creado.

– Tu mismo, aquí te quedas. – Y diciendo esto, bajó del andén y se perdió en la oscuridad.

Bruno se encaramó a las cajas, y abrió una de ellas. De su interior cogió un par de lanza granadas para ellos, y una uzi para Rosa.

– Nos llevaremos una caja completa, saldremos por los túneles de salida, no por donde hemos llegado, estoy arto de mojarme, y no me importan un huevo que nos vea alguien. Nadie va a bajar aquí a llevarse esto. Volveremos con un ejército que pagaremos con la caja que nos llevamos, y entonces cargaremos el resto. Que jodan a Ernesto y a los otros.

Un alarido terrible le interrumpió. Parecía la lejana voz de Ernesto, que gritaba de dolor, y miedo.

– Mierda, dijo el gigante apuntando al túnel por le que habían venido. La linterna no iluminaba más que unos pocos metros en el interior.

De improviso, las aguas se alzaron desde los anegados raíles de la vía, y fugaz como el relámpago, una mole de carne se cernió sobre Olen, devorándolo sin que pudiese proferir ni un grito.

Allí, frente a ellos, una gigantesca serpiente de más de diez metros de alto les observaba mientras masticaba los restos de carne que no habían engullido en un primer bocado. Al instante, otras dos cabezas se sumaron a la primera, y el aterrador trío rugió una especie de chillido de victoria.

– Corre hacia los túneles – musitó a Rosa.

Así lo hicieron ambos, a su espalda las tres serpientes, o el ser con tres cabezas, se lanzaron a su persecución. Bruno disparó las dos cargas que tenía el lanzagranadas. No necesitó más. Una de ellas, tras rebotar en la coraza de sus perseguidores, impacto directamente sobre la munición.

La deflagración fue atroz, todo se volvió negro, el túnel por el que corrían se llenó de polvo y humo, y las tres cosas se vieron sepultadas por los escombros.

Ambos cayeron al suelo. Y se hizo la oscuridad. Bruno palpó el suelo. A pesar de que no estaba inundado, estaba húmedo, y él no quería saber si era por el agua o por la sangre.

– Rosa, – llamó murmurando. – Rosa.

Su mano se posó sobre el cuerpo de su compañera, inmóvil, silenciosa. Bruno se permitió un momento de dolor, no era que la amase, pero sí se había acostumbrado a su cuerpo y a la calidad de su presencia en su cama. Basta – pensó – tengo que salir de aquí, sigue adelante, Bruno, – se dijo. Cogió la linterna de los dedos muertos de su amante, y la encendió.

Estaba en una de las intersecciones en las que confluyen los túneles de varis líneas, pero Bruno no se fijó. Rodeándole, mirándole en silencio, cientos de pequeñas criaturas, blancas y de afilados dientes y garras, le observaban.

Estaban por todos lados, taponando los túneles, pendiendo de las paredes, esos pequeños horrores parecían esperar, expectantes.

Bruno asió la ametralladora que pendía de su costado, y al ruido del primer disparo, la miríada e criaturas se abalanzó sobre el con un horrible chillido.

Lo último que se escuchó antes de que se hiciese la oscuridad fueron los disparos y los gritos de Bruno.

C

El cielo estaba gris, como siempre, pero en los últimos días, su color, y el ambiente, habían sufrido una leve transformación. El frío volvía a llenar las desiertas calles de Barcelona, dándole al verano un ambiente casi alienígena. Eso sólo podía significar una cosa, los “bichos” habían vuelto.

Después de varias semanas de relativa calma, las criaturas que asolaban las costas del mundo venían, de nuevo, precedidas por un frío extremo, y por una serie de fenómenos meteorológicos como la “disipación solar”, que impedía que los rayos del sol calentasen la tierra y el suelo. Los mares volvían a abatirse sobre las perdidas e inundadas avenidas de las ciudades marítimas, y sus olas embestían los vehículos abandonados por sus propietarios en sus aparcamientos.

Juanjo Rovira era uno de los pocos que había seguido el camino contrario al de la mayor parte de la población. Él y su grupo, eran una cuadrilla de expertos cazadores. Con sus rifles de repetición, y el dinero de sus empresas, habían recorrido el mundo en innumerables safaris.

Ahora, sin embargo, Juanjo había acudido desde Girona, la sede de su empresa, para enfrentarse a la cacería definitiva.

Durante semanas, las bestias del mar habían cazado a los hombres desprevenidos que no sabían lo que se les venía encima. A mediados de primavera su número fue tal que ya no podían ser ignoradas, y las desapariciones estaban a la orden del día.

Juanjo formaba parte de la primera expedición española que capturó una de esas criaturas. La bestia encajó una veintena de cargadores de subfusiles ametralladores y algunas balas de punta hueca en el cerebro antes de caer al fondo de la trampa que le habían tendido.

Los científicos habían teorizado durante días qué eran, pero al final, parece que se impuso la teoría de que era una bestia prehistórica surgida de los mares del tiempo, nadie sabía como.

La variedad de criaturas era tremenda, él había visto, de lejos casi una docena de especies diferentes, además de la que habían matado. Y su número era tal que los pocos resistentes del embate inicial de los mares tuvieron que abandonar sus hogares incluso bajo la protección de ejército.

Ahora, armados con la más alta tecnología, y escoltados por un batallón de soldados de alquiler, curtidos en África y otros campos de batalla, él y su grupo de amigos iban a cazar a esas bestias. Llevaban semanas preparándose tras su misteriosa retirada, armando trampas y preparando escondrijos para munición, zulos a los que acudir en caso de necesidad, un fuerte cuartel general defendido por armas pesadas y varios refugios seguros.

Llevaban mucho esperando esta oportunidad, y por fin se había presentado.

– “Ratas blancas” – el apodo de las pequeñas criaturas humanoides plagadas de garras y colmillos le trajo de nuevo de vuelta a la realidad.

– Mantened la posición – ordenó – sabemos que ellos son los primeros, pero detrás vienen los pesos pesados.

Ninguno de su grupo de seis abrió fuego, esas presas eran peligrosas en gran número, desde luego, sobre todo para oponentes solitarios y desarmados, pero el verdadero peligro venía detrás. Juanjo dejó que su batalló de guardaespaldas abriese fuego destrozando a las pequeñas bestias aullantes. Él continuó con la mirada fija en las calles cuyos edificios abandonados, algunos derruidos, conducían directas hacia el mar.

Lo que era antes una amplia avenida que bajaba hasta el zoológico y las playas, ahora era una trampa edificada por él para hacer caer a las bestias en un embudo del que no podrían salir.

Había elegido esa calle para instalar su primer puesto móvil, por recuerdos sentimentales. Miró hacia un lado, a su derecha, los cristales del suelo marcaban el lugar donde una conocida librería barcelonesa había estado, ahora, los libros servían de pasto a las ratas, y eran presa de la humedad.

Tan rápido como el rayo, Juanjo alzó el rifle, había visto algo entre los árboles del paseo. La mira telescópica le ayudaría a ver a la criatura que avanzaba silenciosa como la tarde en su dirección. Abrió fuego, la bestia gritó de dolor, el proyectil de caza pesada había penetrado por uno de sus ojos e impactado en su cerebro. Sin embargo, la criatura no cayó, al contrario, el dolor que la asaltó debió de enloquecerla, pues se lanzó a una sanguinaria carrera contra sus atacantes. Ninguno de sus amigos ni soldados abrieron fuego, sabían que la primera pieza iba a ser suya, y no querían entrometerse.

Juanjo disparó tres veces más, acertando las tres, pero no fue hasta el quinto disparo que la criatura se sintió herida de muerte, a menos de cincuenta metros de las barricadas y cayó al suelo derrumbándose y arrastrándose todavía unos metros más.

La primera había caído, se dijo, esto iba a ser fácil.

***

– Diablos – pensó – estoy agotado.

Cinco horas después, a las dos de la madrugada, Juanjo reunía a lo que quedaba de su grupo en el último de sus refugios secretos, al otro lado de la Diagonal se encontraba el principal de sus cuarteles generales. Este no caería tan fácilmente como lo otros, se dijo a si mismo intentando animarse. No quería pensar en el cerca de un centenar de hombres que habían caído con él esa noche.

Habían dado caza a muchas bestias, cientos de pequeñas “comadrejas” y “ratas blancas”, y casi una veintena de “osos serpiente” y una “serpiente gigante”. Esta última les había dado caza durante dos horas, siguiéndoles por cuatro refugios, hasta que habían podido matarla.

La cosa no había sido tan limpia y fácil como se esperaban. En lugar de disfrutar de un día de caza inolvidable, lo que jamás olvidarían era la pesadilla en la que se habían metido. Si sobrevivían.

De su grupo inicial sólo quedaban tres, además de una veintena de guardaespaldas. Ahora estaban escrutando la zona, las calles y los edificios, así como los cielos, pues las muy jodidas cosas también sabían volar, para dirigirse a un punto de escape que tenían preparados.

Juanjo dio un paso hacia el sargento que comandaba la expedición. El viento del este traía susurros lejanos, y hacía aumentar la sensación de frío. Las calles estaba a oscuras, y pocos de ellos podían ver nada sin los escasos visores nocturnos que tenían.

– No parece haber nada extraño, – le contestó el sargento a su muda pregunta. – Creo que podremos cruzar en unos minutos y llegar a lugar seguro.

Una nueva ráfaga de frío recorrió su espina dorsal, y el viento volvió a traer los murmullos nocturnos. Juanjo prestó atención, era como si alguien, muy lejano, estuviese susurrando palabras que el viento les traía hasta allí.

Issssssssssssssssaaaaaaaaaarrrrrrrrrr- parecía decir.

 Diablos me estoy poniendo nervioso, – confesó. Creo que es mejor que nos movamos.

Y así lo hicieron, corriendo, de uno en uno, comenzaron a atravesar la calle, parapetándose entre los coches y los escombros. Cuando llegó su turno, Juanjo se quedó clavado en el sitio.

Issssssssssssssssaaaaaaaaaarrrrrrrrrr- repetía lejana voz..

En el centro de la calle, a oscuras, una solitaria y enjuta mujer estaba parada mirando en dirección al mar. Juanjo, que era el que estaba más cerca de ella, podía ver que tenía la cabeza rapada, a pesar de cubrirse con una especie de túnica negra.

Sintió la necesidad de correr y huir, pero uno de sus soldados más alejados le gritó – ¡quítese de ahí!, va a atraer a todas las bestias del lugar.

En silencio, la pequeña mujer se volvió hacia ellos, y con sus oscuras manos, retiró la capucha dejando al descubierto su rapado cráneo, y sus ojos oscuros. En ellos, Juanjo pudo leer odio, odio como jamás había creído que existiese, como si se pudiese tocar, como si les invadiese.

***

Minutos después, Juanjo yacía caído en el suelo, atravesado por las balas de sus propios hombres. Él y los suyos se habían vuelto locos, matándose como si se odiasen desde hacía siglos, y ahora, sólo que, el mejor cazador, quedaba vivo, aunque malherido. El resto yacían destrozados a lo largo de la calle, presas de pequeñas bestias que acudían a merodear como carroñeros.

En sus oídos, a medida que la oscuridad y el frío se apoderaban de él, sólo unas palabras resonaban en su mente, Helech, el Dador.

Y luego todo fue oscuridad.

H

Raúl Torres esperaba agazapado tras una de las trincheras de sacos de arena que rodeaban el arco del triunfo. El cielo estaba encapotado, y los ponchos militares de color terroso les protegían, a él y a su pelotón, sólo parcialmente.

Habían acudido a París como voluntarios de las Fuerzas Globales, para intentar detener el imparable avance de los Ichar, que se extendía como una marea desde las planicies de Asia y Rusia por toda Europa en dirección Oeste.

Hasta hacía unos meses, hasta después del verano, los Ichar, llegados nadie sabía de donde, precedidos por sus esclavos más salvajes, y bestias sin nombre, se habían limitado a atacar las ciudades costeras.

Pero eso cambió en otoño. Comenzando por las ciudades de Japón, primero, después China y extendiéndose hacia el oeste, como una puesta de sol, los Ichar, criaturas de inmenso poder, e implacable sed de sangre, habían comenzado a atacar las principales ciudades de ambos continentes. Moscú, Varsovia, Berlín. Todas ellas habían visto llegar a estas criaturas milenarias, en grupos de dos o de tres, y les habían visto devastar sus hogares, sus ejércitos y sus infraestructuras. Les habían visto erradicar a los hombres que se les oponían con un vistazo, y la juventud de las naciones en su camino había sido sacrificada intentando detenerlos.

Europa y Asia se habían vuelto ante su tradicional aliado, los Estados Unidos, que por el momento no había sido atacado, pero sus peticiones primero, y sus súplicas después, eran desoídas e ignoradas. Nadie sabía a qué se enfrentaba el hombre, y todos habían visto la inutilidad de los ejércitos frente a los Ichar. La OTAN había dejado de existir.

Por eso estaba él aquí. Porque se negaba a dejar morir la esperanza y la solidaridad entre los hombre. Cuando pidieron voluntarios en su cuartel, Raúl fue el primero en alistarse, seguido por la gran mayoría de los hombres que componían su escuadrón.

– Sargento, – le llamó la voz del cabo Guevara – ya vienen.

Como habían contemplado en otras ocasiones, a lo largo de toda la costa de su país, el repentino cambio climático indicaba la próxima llegada de los Ichar, precedido por sus bestias de guerra.

Torres miró hacia el este, hacia las negras nubes que se cernían sobre la ciudad, traídas por un viento que, extrañamente en esta época del año, soplaba de levante.

Sus enemigos no se hicieron esperar.

Una docena de bestias voladoras de gran tamaño, semejantes a dinosaurios prehistóricos, surgió bajo la capa de nubes, acercándose a gran velocidad.

Sus hombres fijaron sus miras telescópicas en ellos, y prepararon los gatillos a medida que se acercaban. Por el fondo del paseo, al final de los Campos Elíseos, una murmullo creciente les llegó, obligándoles a olvidarse de las criaturas voladoras y centrándose en el más inminente peligro. Cientos de “ratas blancas” y otros esclavos humaniodes de los Ichar se dirigían a su posición.

No necesitó dar la orden de fuego. El infierno se desató cuando, a unos trescientos metros de distancia, la marea infernal se puso a tiro de sus armas. Docenas de estas pequeñas pero mortales criaturas cayeron bajo la lluvia de balas, mientras su maloliente sangre se mezclaba con el agua de la lluvia.

En el cielo, los helicópteros rusos caían envueltos en llamas en su lucha contra las bestias voladoras, pero Torres pudo ver que también estas criaturas estaban muriendo. Los pilotos de los aparatos habían estado ensayando tácticas coordinadas para evitar las derrotas de sus primeros enfrentamientos.

La Unión Europea y las Repúblicas Ex Soviéticas, incluida Rusia, habían firmado un acuerdo durante el inicio de los ataques. La potencia económica de la UE y Japón habían demostrado poder poner en forma los ejércitos rusos, que habían recuperado su antigua gloria, y ahora luchaban juntos en una de las escasas muestras de cooperación internacional. Rusia había sustituido a los USA como socio protector, al tiempo que los demás países europeos abastecían a sus ejércitos de material y dinero.

Al noroeste, en las afueras de la ciudad, surgidos del Sena, una horda de criaturas se enfrentaba a un bombardeo masivo por parte de los bombarderos Su-31. Las explosiones le indicaban que la idea de bloquear el paso por río para evitar una incursión por su cauce había sido buena idea. Ahora, los ocultos incursotes habían tenido que salir a campo abierto, y estaban siendo acosados por bombas inteligentes.

Sobre sus cabezas, un poderoso estruendo les indicó que dos escuadrones de cazas se unían a la batalla. Volando bajo, en dirección este, un heterogéneo grupo de aviones, compuesto por MIG-21 rusos, Tornados Ingleses, J-8 chinos y una docena de Phantom franceses, se abría paso hacia el combate.

El grito de júbilo de sus chicos fue ahogado por una súbita explosión.

Veinte de los veinticuatro aviones estallaron en el aire. En pleno vuelo, habían sido alcanzados por escombros que se habían elevado desde tierra a una velocidad cegadora. Los pilotos no pidieron ni siquiera saltar.

Torres agudizó la vista, en el cielo, a unos cien metros de altura, un par de figuras volaban impasibles. No podía verlas directamente, pero sí sus auras de energía, y de algún modo, todos ellos sabían que estaban ahí. Los Ichar habían llegado.

Inmediatamente se pusieron en marcha todos los mecanismos de defensa previamente establecidos. Las ocultas lanzaderas de misiles surgieron de sus escondites en las naves del cinturón industrial. Docenas de misiles surcaron el aire en su dirección. Al tiempo, los antiaéreos dejaron sus objetivos iniciales, las bestias voladoras, y se centraron en sus mortales amos.

Una lluvia de fuego y hierro se abatió sobre ellos.

Segundos después, ambos descendían en silencio impávidos ante la lluvia de muerte que habían soportado.

Los carros de combate T-80 rusos abrieron fuego sobre ellos. A pocos metros, Torres pudo ver cómo el más bajo de los dos soportaba el impacto de tres obuses de uranio empobrecido. La criatura, de piel azul con tatuajes rojos centró su atención en el escuadrón de carros de combate. De sus ojos surgieron una docena de proyectiles, rojos como ascuas, que impactaron como si fuesen criaturas vivas en los carros que  iniciaban una acción evasiva. Todos estallaron en llamas.

Torres se sumó al ataque, seguido de sus hombres. Abrió fuego, como el resto de los pelotones sobre el Ichar más cercano. Las balas parecían fundirse antes de tocar su piel, y uno a uno, los hombres que le atacaban parecían morir gritando sin haber recibido, aparentemente, ninguna herida.

Decenas de jóvenes murieron bajo la vista del Ichar. Cuando se volvía hacia su pelotón, ocurrió algo. Un terrible estruendo le distrajo. Su compañero había derribado la Torre Eyfel. Ese momento de distracción les dio tiempo para ocultarse tras un edificio derruido. Los Ichar debían considerar a los hombres poco más que hormigas molestas, pues no parecían tener interés en exterminar a unos u otros, y pronto se olvidaban de sus posibles presas si se ocultaban de su vista. El Ichar eligió otros objetivos, un segundo ataque aéreo con bombas de fragmentación y un nuevo escuadrón de carros T-98 que subía por los Campos Elíseos.

La batalla continuó durante horas.

 

***

Estaba anocheciendo, y Raúl Torres descansaba en su trinchera tras los duros combates. Como siempre, todos sus esfuerzos habían demostrado ser infructuosos, y sólo tras masacrarles, los Ichar parecían haberse aburrido y habían dejado la ciudad. Ahora sus bestias y esclavos se enfrenaban a los hombres y mujeres de las Fuerzas Globales en las calles.

Por lo menos ellos sí sangraban y, aunque eran mortales y peligrosos, podían morir.

Un teniente francés se plantó delante de él en silencio. Sin decir nada, estaban demasiado cansados, le alargó un papel, un bureau-fax militar, y luego se marchó.

– ¿Qué ocurre, Sargento? – le preguntó Ricardo Guevara mientras lo leía.

– Me ascienden a Teniente, y nos destinan de nuevo a España. Partimos ahora mismo.

– ¿Ahora? – inquiró otro de sus hombre, en quien el cansancio dejaba ver los síntomas del agotamiento. – ¿Por qué?

– Nos necesitan allí. Madrid está bajo ataque.

 

A

 – ¡Estáis locos! – el grito se confundía con el ruido de la sala. La algarabía que había provocado la última intervención resonaba como un rugido entre las asépticas paredes.

Al fondo, en la puerta, un par de soldados con uniformes azules de las Geo Com se mantenían impasibles en posición de firmes.

El primero en hablar fue Aki Asano, comandante de las fuerzas Globales de Japón. A pesar de llevar veinte horas de reunión, su uniforme parecía recién planchado.

– Teniente Coronel Char – dijo en voz baja, con esa fingida flema que tanto enfadaba a Admun Char, Teniente Coronel de las Fuerzas Globales – mi país, representado por mí, ha sugerido el ataque con armas nucleares porque cree que, ahora que sabemos donde está la ciudad de la que provienen los Ichar, podemos terminar con esta guerra que casi está a punto de destruir a la humanidad.

– No se olvide, Asano, – le interrumpió el otro ante la mirada atenta del resto de sus contertulios – que fueron mis espías los que descubrieron la ciudad submarina durante una misión rutinaria de vigilancia.

– Por eso mismo, creo que tenemos que contraatacar. Los Ichar son tan poderoso, que podrían ser capaces de mudar su ciudad a otro ponto bajo las aguas oceánicas, y perderíamos lo que es la única oportunidad de destruir su cabeza, y de sobrevivir. ¿O he de recordarle el daño que esos seres han causado en las naciones del mundo? Por eso hemos solicitado aquí ese ataque nuclear, pues Japón no dispone, debido a acuerdos históricos, del armamento atómico necesario para borrar esa ciudad del mapa.

– Asano, – le advirtió Admun Char con una mirada. – No intente jugar conmigo, ni con los aquí presentes. – Sabe usted también que eso desencadenaría un ataque total por parte de los Ichar.

– Explíquele eso a las poblaciones muertas, a los mjillones de inocentes que los han perdido todo, incluso las vidas y las almas. Pregúntele al señor Li – dijo señalando al coronel chino de su derecha – qué se siente cuando se ve a toda una ciudad perder el alma a manos de un solo Ichar. Pregúntele el daño que les ha hecho Chakron a ellos.

Admun Char suspiró hondo. el miedo estaba tan arraigado en las almas de estas personas, que, durante los últimos meses habían perdido la capacidad de raciocinío. No veían el peligro de desencadenar una respuesta igual de terrible, sólo la posibiidad de librarse del horror que habían traído los Ichar.

La puerta de la sala se abrió, y el rostro de Admun Char se iluminó, el comandante Galindo se acercó a él, y le susurró algo al oído.

 – Señores, – dijo irguiéndose y mirando a la sala, – acaba de ocurrir algo que creo que es necesario que sepan. Según las últims noticias, acontecimientos clave en la ciudad Ichar de Sherian-dragon nos han liberado de esta terrible carga. Por motivos que todavía no podemos precisar, la situación ha cambiado y puedo rebelarles información que hasta ahora debía mantener en secreto. – con una mirada irónica sostuvo la expresión de sorpresa de Asano.

En silencio, el comandante Galindo se inclinó sobre la consola de situación, e introdujo un disco en ella.

– Lo que van a ver aquí, es información reservada hasta este fin de semana, momento en el que se transmitirá a todo el mundo.

Siguiendo sus palabras, una serie de imágenes aparecieron en la consola, y un mapa por satélite tomo el lugar de los gráficos de aprovisionamiento que hasta entonces la ocupaban.

– Lo que ven aquí es la parte terrestre del imperio Ichar, no podemos revelar cómo hemos conseguido la información, pero si hablan con sus superiores les confirmarán que es cierta. Las trece marcas de situación que observan en rojo son las Trece Ciudades Ichar, la cuna de nuestros enemigos.

Un  murmullo de sorpresa sustituyó el apagado silencio.

– Sí, no nos enfrentamos ni a un grupo de seres, como creíamos al principio, ni a una ciudad completa, sino a trece. Cada una, con un poder inconmensurable. Lo que han visto hasta ahora sólo es una muestra menor de lo que puede hacer esta raza.

Sólo el comandante Galindo parecía capaz de mantener la compostura.

– No sólo eso, – continuó – sino que, como pueden comprobar en las señales amarillas, las fortalezas submarinas de los Ichar son más de cincuenta, repartidas por todas las llanuras marinas, las simas abisales, los taludes y los barrancos submarinos. Además, tenemos motivos para creer, que este Imperio oculto es sólo la punta de iceberg, y que las ramificaciones de su poder llegan incluso hasta otras estrellas y galaxias.

Se hizo una pausa.

 – Muy lejos del alcance máximo de sus misiles – sonrió mirando a su contrapartida jamponesa. – si le sprovocamos, aunque sólo sea haciéndoles ver que somos peligrosos, volcarán toda su furia y poder sobre nosotros, y seremos exterminados en cuestión de días.

– Entonces estamos perdidos, – se atrevió a susurrar el General Li.

– No, general. En este momento se están desarrollando acontecimientos que hacen que la esperanza sea posible. Pero si me disculpan, debo acudir ahora mismo a un frente en el que se requiere mi presencia. Espero que a la vista de estas pruebas vean la inutilidad de continuar hablando de un contraataque nuclear.

Ninguno de ellos lo negó, y el Teniente Coronel Admun Char salió por la puerta hacia un destino desconocido para ellos.

 

R

 

Albert Huantesse se ocultó detrás de su granja. Hacía meses que no veía un Ichar, desde el momento que abandonó la ciudad de Amsterdan en la que vivía para irse a virvir al campo, antes de los ataques contra ella.

De hecho, sólo había visto una vez en vivo a una de estas mortañles criaturas, enemigas de toda la Humanidad. Había sido durante el éxodo que casi vació su ciudad natal. En la huída, pudieron comprobar cómo dos de estas criaturas acudían, a lomos de unas gigantescas bestias voladoras, hacia su abandonado hogar.

Lo siguiente que oyeron en la radio fue que la ciudad al completo ardía hasta los cimientos, y que más de diez mil personas habían perdido la vida.

Ahora, sin embargo, pasados los meses, albert creía que podría rehacer su vida en el ampo, pues se creía que los Ichar jamás iban al campo. Se especulaba con que sólo encontraban algo de emoción masacrando las grandes ciudades, y que los seres humanos individuales y dispersos, eran para ellos como hormigas, a las que dejaban como presa de sus bestias.

Los granjeros de la zona habían aprendido a defenderse de ellas, unas veces ocultándose, otras mediante trampas y vigilantes nocturnos.

Pero ahora, tras tanto tiempo, la misma sensación de dolor preternatural le asaltó, como aquella vez en la atestada carretera.

El instinto innato que hacía que los hombres se encogiesen de terror y miedo ante la presencia de un Ichar volvía a golpear sus sienes.

– Albert, – le llamó Elois con un susurro. – ¿Le ves?

Albert negó con la cabeza. En sumo silencio, con un cuidado nacido de meses de miedo a que ete momento llegase, levantó la cabeza sobre el capó del tractor, tras el granero de maderas rojas, y entonces le vio.

Allí estaba, en silencio, mirando hacia el horizonte, al sur, como si contemplase algo que ellos no podía ni siquiera imaginar.

Es Alkren, Escorpión Negro – le dijo una voz en su interior, pues todos los hombres conocían los nombres de los Ichar, como si estuviesen grabados a fuego en nuestra memoria genética y racial.

El Ichar era grande, medía más de dos metros, y toda su piel era negra y reluciente. sin embargo, el fulgor oscuro que irradiaba no provenía de la luz reflejada en su piel, sino de las negras energías que parecían brotar de su interior.

De su desnudo cuerpo, de rasgos inhumanos, surgía una cola negra y venenosa, como la de un escorpión, que se elevaba por detrás de su cabeza, y parecía tener vida propia.

Un grito llegó desde el norte, la dirección de la que Alkren había llegado.

Albert miró sin atreverse a alzarse más para ver qué pasaba. Lo que vio fue terrible. Una docena de hombres corrían hacia la granja, delante de una marea negra que parecía extenderse en su persecución. La ola negra aceleró su paso, como si temiese la presencia del Ichar.

Los Abrams, sus vecinos, no pudieron superar en velocidad a la negrura, cargados con los niños pequeños en sus brazos. En un segundo, la oscuridad les trepaba por las piernas, y les envolvió. En segundos, la marea negra se disolvió, y de los Abrams no quedó ni un rastro de que habían estado allí.

Albert miró hacia arrbia, creyendo que él y su familia serían los siguientes. Sin ambargo, Alkren no parecía prestarles atención, mirando siempre hacia el sur.

En ese momento, un extraño sentimiento le aferró el corazón, esa una sensación de pérdida, como si algu muy importante hubiese ocurrido en el planeta. el aire se volvió extraño, casi eléctrico, como antes de una tormenta, y un profundo pesar se abatió sobre todos ellos.

Sin atreverse a levantar la vista, Albert supo que el Ichar se marchaba de su granja, en dirección a la fuente de aquella oleada de pesar. Muy, muy al sur.

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