Y hasta la muerte les teme

Las legiones estaban preparadas.

 

Detrás de ellos quedaron los pozos sin fin de Efrerul, y las Fortalezas Derruidas.

 

Los altos lores demonio observaban desde lo alto de sus torreones de combate el despliegue caótico de los miles de millares de demonios que conformaban sus hordas.

 

Era, desde luego, una visión aterradora que debía llenar de terror a sus enemigos. Una marea negra que se extendía como una costra oscura por las Tierras del Despertar, amenazando con su mera presencia el futuro de las creaciones.

 

La hermosa y horrible Deramis miraba hacia el campo de batalla, clavando sus ojos azul oscuro sobre sus soldados, las terribles amazonas de Deramis, provenientes del plano del Temor sin Nombre. El gordo N´ragar se relamía al ver a sus vestales de podredumbre, y sus masores, los terribles soldados deformes, devoradores de muertos. El altivo Utriem, el oscuro Killidroira, la terrible Mephestia, el omnipresente Nada.

 

Cada uno de ellos había aportado bestias y máquinas de guerra, legiones incontables e demonios y diablos, criadas desde el albur de los tiempos, a esta impía cruzada. Ahora, sus esfuerzos tomaban forma bajo sus ojos, y todos ellos contemplaban divertidos el espectáculo que habían convocado.

 

De vez en cuando, una mole inmensa rompía hacia el cielo. Eran las bestias de Tyro, quien sonreía cuando una de ellas rugía desafiando al destino.

 

El resto de los duques y lores demoníacos no podían deja de admirar el excelente trabajo que el Señor del Azul había realizado creándolas.

 

La mayor legión demoníaca desde el principio de los tiempos, y desde mucho antes, se había reunido para destruir a un enemigo sin par.

 

Frente a ellos, los ángeles se alinearon, blancos y perfectos, haciendo relucir sus armaduras doradas y plateada, mientras sus hojas relucían bajo la luz del cielo.

 

Entre ellos, los titanes alados, terribles asesinos de demonios, les contemplaban con la mirada fija e implacable, mientras las máquinas de guerra del cielo se situaban en perfecta formación, formando un muro imbatible.

 

Uno de los ángeles, un general arconte, se adelantó con dos de sus lugartenientes. Sus pieles eran doradas, o negras como el ébano, pero todas ellas tenían en común la perfección más absoluta. Sus cabellos de plata y oro caían sobre sus impolutos rasgos angelicales, mientras sus músculos se flexionaban amenazando con la muerte a quienes se les opusiesen.

 

De nuestras filas se adelantó Borbotar el Pudridor, con su cohorte de sacerdotes, ancianos lectores de pergaminos que prevén el futuro mediante la lectura de vísceras y la ingesta de alucinógenos obtenidos de las glándulas de prisioneros torturados.

 

Era nuestro delegado frente al eterno enemigo.

 

Y es que, hoy, no habíamos venido a luchar contra la cohorte celestial.

 

La Legión Alba había acudido a nuestra llamada de unirnos frente a un enemigo común.

 

Ellos habían aparecido con su majestuosa magia, con sus legiones salvajes y sus armas milenarias y habían conquistado por igual dominios infernales y planos celestiales.

 

Ángeles y demonios habían muerto frente a ellos o aplastados por sus bestias y servidores, y dominio tras dominio, fuimos cediendo ante la marea aplastante que nos empujaba.

 

Ahora estamos aquí, reunidos, desafiantes como única esperanza del mundo antiguo frente a estos implacables seres a los que incluso los dioses y divinidades a los que servimos parecen temer.

 

Perdamos o ganemos, su nombre no será olvidado por ninguno de nosotros.

 

El cielo ya graba en el libro de las afrentas el nombre de su raza, y de cada uno de ellos. El infierno resuena con los tambores de la perdición, forjados en acero y piel de hombre, y recordarán para siempre, en cada rincón de los planos, el nombre de nuestros enemigos.

 

Los Ichar.

 

 

 

 

 

 

 

 

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