Ataque Vermit

La posada estaba atestada. Como muchas otras del gremio, esta posición avanzada en un asteroide perdido era más un punto de paso y descanso para las caravanas de comerciantes que un negocio, sin embargo, el Ichar que regentaba el local en nombre del gremio había conseguido darle un aspecto acogedor.

Ese, y los placeres que ofrecía, reunidos aquí y allí a lo largo de las marcas externas, eran los motivos de que el local estuviese tan atestado. Numerosos esclavos tomaban algo en el local, mientras sus amos disfrutaban de la compañía de alguna weria desperdigados a lo largo de la sala.

También había bastantes alienígenas, todos ellos pertenecientes ahora a razas que habían firmado la Pax Ichar tras las guerras de Nueva Atlantis. Incluso una docena de humanos, se agolpaban en una mesa en un rincón, asustados todavía por las cosas que habrían visto en este viaje.

Desde la llegada de la paz, los hombres y mujeres de la tierra podían viajar libremente a los territorios Ichar, y habían comenzado a descubrir, muy a su pesar, lo grande que era el Cosmos que regían los Ichar.

Este grupo en concreto parecía especialmente asustado. Normalmente los humanos solían aparentar cierta seguridad, casi orgullo, pero estos no. No podían disimular la intranquilidad de encontrarse rodeados de alienígenas pertenecientes a varias razas, y especialmente de Ichar.

Los Ichar, como raza más poderosa del cosmos que eran, solían mirar con desprecio, odio, y hostilidad a cualquier ser inferior, incluso a sus propios esclavos. Pero con los humanos la cosa era peor. Tras años de guerra contra ellos, y milenios de rencor contenido, esta raza se había salvado, casi por gracia divina de la extinción.

Ahora debían respetar su vida, por lo menos para guardar las apariencias, y la verdad es que no se les daba muy bien ocultar su odio por los hombres. Una cosa era no poder exterminarlos al primer vistazo, y otra muy distinta tener que mostrar respeto por ellos.

Los hombres lo sabían, e intentaban no ponerse en el camino de ninguna de estas malvadas y poderosas criaturas.

También se alejaban de él. Arcum era un Darmorian, en concreto, un “maestro de muerte”, la elite guerrera de esta raza esclava de los Ichar. Él, personalmente, y a pesar del odio hacia ellos que les inculcaban en los fosos de cría, no sentía ninguna animadversión especial por ellos, no más que por otras razas débiles.

Para Arcum, eran unos pobres desgraciados, víctimas si su amo le ordenaba masacrarlos, y entretenimiento si se cruzaban en su camino.

En esta ocasión Arcum tenía una misión que era de vital importancia. Obligado por las tormentas cósmicas a refugiarse en la posada del gremio de comerciantes, su caravana esperaba el momento de poder partir hacia su destino. Estancados como estaban, debían esperar pacientemente.

Arcum no podía menos que sentir desprecio, mezclado con algo de simpatía por una raza tan débil, que se lanzaba a sobrevivir al duro universo que les había abierto sus propios enemigos. De la mano de los Ichar que tanto les odiaban ganarse a pulso un lugar en el cosmos. Lo grande que ese lugar fuese dependería de su propio valor y de la voluntad y paciencia de los Ichar.

No pudo terminar sus propios pensamientos. Un alarido feroz entró a través de los ventanales de cristal legend que daban al patio que separaba la posada de la superficie el asteroide.

– Vermits…

La mención de la llegada de esta raza no era un buen augurio para casi ninguno de los presentes. Los vermits, una raza insectoide, devoradora. Que se extendía por el cosmos devorando y consumiendo todo aquello que se cruzaba en su camino, eran de las pocas razas que habían sobrevivido largo tiempo a los propios Ichar, lo cual atestiguaba la fuerza y el poder que sus pequeños cuerpos negros poseían.

Una campana comenzó a sonar, mientras que los hasta ahora tranquilos parroquianos de la posada se aprestaban a luchar por sus vidas.

Arcum salió al exterior, la atmósfera artificial que rodeaba la posada fortificada como una cúpula, desde los muros de piedra hasta casi treinta metros de altura, les permitían respirar y combatir en el patio de armas, y en los muros de la pequeña fortaleza de paso.

Los rostros de los presentes eran una muestra de su verdadero estado de ánimo. La mayoría de las razas de seres demostraban un sano y consciente temor a lo que podía venir, pues conocían la raza  delos vermits, y sabían cuan grande podía llegar a ser el peligro que representaban, sobre todo si había vermits nola entre ellos.

Los Ichar, sin embargo, sonreían. Veían este ataque como una oportunidad de romper la monotonía del largo viaje. Se notaba en sus gestos que echaban de menos las comodidades de sus palacios, y repudiaban tener que mezclarse entre los esclavos y los inferiores, aprestaban así sus armas legendarias para enfrentar a un enemigo implacable al que, desde luego, no tenían miedo.

Arcum recogió su hacha de donde la había dejado apoyada. Pudo sin embargo, fijarse en la actitud de los hombres. Lejos de amedrentarse, aunque seguro que conocían la peligrosidad de los vermits, guardaban sus armas de sus cinturones y aparejos, mientras en sus rostros sólo aparecía una expresión impávida, como la de quien va a cumplir con un deber ineludible. Sin temor a la muerte, como si no se planteasen que iban a una lucha por su vida. O tal vez sí, tal vez por eso, porque podrían enfrentar a los enemigos cara a cara, luchando con sus manos.

A la carrera, salieron al patio de armas, y subieron a los muros por las escaleras de piedra. El espectáculo era sobrecogedor.

Todo el horizonte, hasta donde alcanzaban sus agudos ojos, estaba cubierto por una masa negra de criaturas insectoides, cielo y suelo. Una miríada de formas cubría el asteroide, convergiendo en masa sobre la posada fortaleza.

Entonces se desató el infierno.

***

Horas después, Arcum limpiaba de sangre negra su hacha. A su alrededor, la mitad de los alienígenas y criaturas que horas antes disfrutaban en la posada, ahora yacían muertos ante los muros teñidos de sangre.

La batalla había sido dura, incluso para los Ichar, tal era el número de seres que se arrojó contra ellos, pero al final habían ganado.

A Arcum, le sorprendió sobre todo, que ninguno de los hombres hubiese muerto. Habían luchado con valor, rodeados muchas veces por sus enemigos, e incluso habían derramado su sangre.

Ahora, tras el combate, todos ellos seguían en pie. Limpiando sus armas y hablando en voz baja, como si temiesen molestar a quines habían combatido junto a ellos.

Arcum no pudo menos que sentir respeto por esa especie, que a pesar de su debilidad, luchaban como fieras y sobrevivía. Al parecer, eran mucho más de lo que aparentaban.

 — fin –

 

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